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La Montaña y mi hijo Randall

Por: Alexander Bonilla Durán

1. Batiendo barro


Estando Randall como de dos años de edad penetré la montaña espesa, soamposa, llena de culebras y mosquitos de un lugar de Sarapiquí. Iba con mi hermano y un tío. Me lo eché al hombro y comenzamos a caminar. La nube de mosquitos era intensa, pero habíamos tomado Tiamina y nos embarramos de repelente, especialmente al niño.


Mientras caminábamos por zonas secas y protegidas por el bosque no había problema. Ahí el niño se divertía observando, en vivo y directo, la algarabía de los Monos Congo y Cara Blanca. Aprendía que existía una planta que hostigaba. Claro esto después de una ortigada y una llorada. Pero lo más interesante fue cuando nos pidió agua, la cual nosotros no llevábamos. Sabíamos que esto no era problema. Porqué? Porque en la montaña existen unos bejucos de agua. Uno corta, un bejuco de estos y tiene usted, agua fresca, como si fuera del tubo o de la refrigeradora. Esto fue una gran experiencia para el niño.


Por allá entre los soampos nos caíamos y él se iba de bruces al charco. Nos levantábamos y seguíamos. Nos quitábamos un poco el barro, alguna sanguijuela, y a seguir batiendo barro y agua. En una ocasión casi nos muerde una serpiente venenosa; pero el tío, experto en estas lides de un filazo la mandó al otro mundo. Ahí se se asustó el niño. Bueno, yo también. Cuando yo ya no daba más, pasaba a Randall a los hombros de mi hermano. Es que cómo cansa caminar entre soampos y barro. Uno no “jala” nada. El esfuerzo es tremendo, porque a veces se queda uno pegado y las botas a los zapatos se le zafan.


Lo más rico de todo es a la salida tomarse un par de pipas cuya agua lo refresca y lo vuelve a la vida. Al rato, unas guayabas rojas, unos limones dulces y unas manzanas de agua. Y el niño?. Vivió y disfrutó la experiencia. Hoy ama y respeta la montaña.

2. Un viaje para acampar

El papá le prometió al niño que lo llevaría a la montaña y que acamparían a la orilla de un río. El chiquitín pasó toda la semana preguntando que qué iban a hacer; que quien cocinaría; que si podían pescar; y que si no asustaban en la noche. Todos los días preguntaba algo sobre el viaje.


La noche anterior se acortó temprano y fue el primero que estuvo despierto. Ya nadie pudo dormir. Estaba enfriebado; como loco con el viaje.


El camino fue de unas 2 horas. Se pasó a un minisuper a comprar comida; pilas para el foco; y hasta una cuerda con anzuelo para pescar.


Al llegar a la orilla del río si se escogió el mejor sitio y ahí se levantó la tienda de campaña. El día era soleado. El niño se quitó la ropa y se tiró al río, a bañarme en una pequeña poza. Ya se le había olvidado pescar. El papá le dijo que si quería pescar tenía que escarbar para sacar lombrices de carnada. Toda una experiencia para el niño poner la lombriz en el anzuelo. Allá, como a la hora, asoleado y cansado el niño sintió que pisó algo. Una alomina grande se prendió y provocó gritos y alegría. No la pudo sostener y se devolvió al río.


La noche cayó. Comieron frutos y jugos de tarro. La tienda era para dos. El niño cayó como un tronco. Durmió toda la noche al lado de su papá, abrazado y asustado por algún espanto que pudiera salir. Un frío rico; un viento suave y una ligera llovizna acompañó a los viajeros. Una experiencia única para el niño. La disfrutó a lo grande y quería quedarme otro día. No fue muy costosa y acercó más al padre con el hijo. Usted lo puede hacer. Inténtelo. Mañana le cuento lo que hicieron antes de dormir.

3. Observando el mundo desde los brazos de papá

Por la tarde, cuando el sol había bajado y las sombras llegaban, el papá y el niño jugaron un rato bola. Papi ya no quiero jugar más, estoy cansado, dijo el niño. Entonces, se sentaron en dos sillas plásticas blancas que habían llevado.
Mirá hijo, el colibrí verduzco que chupa néctar de esa Lengua de Vaca. Papi cómo para estar en un solo lugar; parecen un helicóptero. Bueno, observe como agitan las alas. Eso les permite hacerlo.
Por allá pasó un conejo silvestre veloz y ya oscureciendo una lechuza asomó entre las ramas de un arbusto seco. El ruido del día empezaba a cambiar. Ahora había más silencio. Un viento frío empezaba a cambiar. Ahora había más silencio. Un viento frío empezaba a soplar, y al niño se le empezaron a cerrar los ojos. Sin embargo el papá lo arruyó; lo sentó en sus regazos y comezó a contarle historias de sustos. El niño se abrigó y no quiso soltar al papá; creía que la llorona o la tulevieja iban a aparecer de un pronto a otro por los bordes del río. Y para el colmo de males, el buho empezó a hacer unos sonidos de miedo, y uno que otro ruido se agrandaba en la soledad. Los ojos ya se le cerraban; pero ni a palos se separó de los brazos del papá, ni quiso ir a acostarse solo. Juntos en la tienda acomodaron las cobijas y se quedó dormido abrazado a su papá.


En la mañana se despertó con el sonido de los pájaros. Dijo que había visto la cara de una viejita por entre la puerta de la tienda. Papi no le dije nada; porque con miedo hasta las hojas de los arbustos toman formas humanas. Disfrutó de nuevo el agua, del sol, y de un día en la montaña con su papá. Duró una semana contando las experiencias a sus hermanos y amiguitos.

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