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Un niño en la montaña

Por: Alexander Bonilla Durán


Por la tarde, cuando el sol había bajado y las sombras llegaban, el papá y el niño jugaron un rato bola. Papi ya no quiero jugar más, estoy cansado, dijo el niño. Entonces, se sentaron en dos sillas plásticas blancas que habían llevado.


Mirá hijo, el colibrí verduzco que chupa néctar de esa Lengua de Vaca. Papi cómo para estar en un solo lugar; parecen un helicóptero. Bueno, observe como agitan las alas. Eso les permite hacerlo.


Por allá pasó un conejo silvestre veloz y ya oscureciendo una lechuza asomó entre las ramas de un arbusto seco. El ruido del día empezaba a cambiar. Ahora había más silencio. Un viento frío empezaba a cambiar. Ahora había más silencio. Un viento frío empezaba a soplar, y al niño se le empezaron a cerrar los ojos. Sin embargo el papá lo arruyó; lo sentó en sus regazos y comezó a contarle historias de sustos. El niño se abrigó y no quiso soltar al papá; creía que la llorona o la tulevieja iban a aparecer de un pronto a otro por los bordes del río. Y para el colmo de males, el buho empezó a hacer unos sonidos de miedo, y uno que otro ruido se agrandaba en la soledad. Los ojos ya se le cerraban; pero ni a palos se separó de los brazos del papá, ni quiso ir a acostarse solo. Juntos en la tienda acomodaron las cobijas y se quedó dormido abrazado a su papá.


En la mañana se despertó con el sonido de los pájaros. Dijo que había visto la cara de una viejita por entre la puerta de la tienda. Papi no le dije nada; porque con miedo hasta las hojas de los arbustos toman formas humanas. Disfrutó de nuevo el agua, del sol, y de un día en la montaña con su papá. Duró una semana contando las experiencias a sus hermanos y amiguitos.

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