Un viaje para acampar
Por: Alexander Bonilla Durán
El papá le prometió al niño que lo llevaría a la
montaña y que acamparían a la orilla de un río. El chiquitín
pasó toda la semana preguntando que qué iban a hacer; que quien
cocinaría; que si podían pescar; y que si no asustaban en la noche.
Todos los días preguntaba algo sobre el viaje.
La noche anterior se acortó temprano y fue el primero que estuvo despierto.
Ya nadie pudo dormir. Estaba enfriebado; como loco con el viaje.
El camino fue de unas 2 horas. Se pasó a un minisuper a comprar comida;
pilas para el foco; y hasta una cuerda con anzuelo para pescar.
Al llegar a la orilla del río si se escogió el mejor sitio y ahí
se levantó la tienda de campaña. El día era soleado. El
niño se quitó la ropa y se tiró al río, a bañarme
en una pequeña poza. Ya se le había olvidado pescar. El papá
le dijo que si quería pescar tenía que escarbar para sacar lombrices
de carnada. Toda una experiencia para el niño poner la lombriz en el
anzuelo. Allá, como a la hora, asoleado y cansado el niño sintió
que pisó algo. Una olomina grande se prendió y provocó
gritos y alegría. No la pudo sostener y se devolvió al río.
La noche cayó. Comieron frutos y jugos de tarro. La tienda era para dos.
El niño cayó como un tronco. Durmió toda la noche al lado
de su papá, abrazado y asustado por algún espanto que pudiera
salir. Un frío rico; un viento suave y una ligera llovizna acompañó
a los viajeros. Una experiencia única para el niño. La disfrutó
a lo grande y quería quedarme otro día. No fue muy costosa y acercó
más al padre con el hijo. Usted lo puede hacer. Inténtelo.