AUTOBIOGRAFA
ALEXANDER BONILLA D.
EN LA BAJURA
Soy un producto de la posguerra. Mi semilla fue plantada unos tres meses antes de iniciarse la segunda mitad del siglo 20; allá enl as bajuras del Norte, en la Villa Quesada, rodeada de montañas, ríos y una pertinaz lluvia que se da trece meses al año.
Mi cuerpo absorvió el agua y mis ojos tomaron el color de los bosques. Todavía en mi niñez recuerdo las montañas y el barro, los ríos cristalinos donde jugábamos y nos bañábamos. La bajura era el territorio de los tarzanes y los ranchos, de los arcos y las flechas de varillas de paraguas, de los ranchos de los heliotropos, de los bejucos en los árboles por donde nos lanzábamos. Era la era de la inocencia y de la convivencia con la naturaleza. Pero éramos tan chicos, pensábamos que todo lo teníamos y no podíamos ver el futuro. Y a quién le importaban los bosques y los ríos limpios si habían tantos?. ¡Hay de mí! Cuánto lamento no haber podido iniciar mi lucha cuando nací, quizás algo más de bosques y de aguas cristalinas tendríamos hoy allá en la Bajura.
También crecí entre el cuero, escuchando el golpeteo, el tan, tan, tan, de un martillo dándole al cuero sobre una plancha de hierro de zapatería. Ese olor a cuero húmedo, a taller de zapatos todavía está en mí, así como el sabor del cemento de pegar zapatos y unos dedos embarrados o un delantal lleno de este pegamento, que al secarse se endurecía y quedaba como lija.
Mi padre, artesano del cuero, arquitecto de zapatos, convivía con nosotros. Su taller estaba en una esquina o entrada de las casas que habitábamos. Recuerdo la pequeña mesa donde estaban los clavos, las tachuelas y demás implementos o herramientas. Un banco de cuero y su cuerpo encorvado, ya fuera haciendo la suela de un zapato o recortando “tapillas” de los tacones. Mi futuro era ese, ser un zapatero. Ya yo pegaba “tapillas” o hacía algún recorte, recogía y ayudaba a limpiar el taller y con un saco al hombro iba a recoger “el oficio” donde don Emilio que era a quien Papá le trabajaba.
Como los familiares por parte de Mamá eran de “adentro”, del monte, a veces que nos visitaban nos traían pejibayes rayados y grandes que mamá cocinaba y los dejaba riquísimos. En alguna oportunidad me iba con una olla a vender a la salida de los cines. No recuerdo el precio, pero sí las ansias de vender y obtener algunos cincos de más para la casa o para mí. Sangra una herida cuando rememoro que alguien me robaba pejibayes o jugaban con nuestra inocencia de vendedor. Hoy todo ello me ha servido para valorar y respetar a cualquier vendedor de lo que sea.
Pero además vendía maní y bizcocho de los Herrera. Si mal no me recuerdo, de cada colón que se vendía una peseta era para uno. Cuando esa peseta valía, servía para comprar muchas cosas: helados, confites, bananos.
Hay algo que me persiguió hasta hace poco. Ello fue amargas experiencias a veces, o aventuras y esperanzas en otras ocasiones, de pasarnos continuamente de una casa a otra. No recuerdo porqué razón sucedía esto, pero supongo que no varía el ayer del hoy, cuando se estaba medio acomodado en una casa, la conocíamos, teníamos nuestros sitios de jugar escondido, los pisos estaban pulidos y nos deslizábamos tranquilamente por ellos, o hasta nos era familiar el polvo fino y seco de los “debajo de pisos” nos teníamos que trasladar, porque el dueño de la casa la pedía. En forma muy general he estimado que en estos trajines he vivido en unas 23 casas. Cuántos alquileres pagaron mis padres y yo hoy?. Porqué nunca, hasta hace poco, hemos llegado a tener casa propia?.
Bueno esa es la vida del pobre y del asalariado en este país. No reprocho el haber vivido en tantas casas alquiladas. Si se tiene la plata para pagar religiosamente ese costo, la vida pasa, aunque sea enriqueciendo a otros. No se construía porque no había una seguridad laboral y los bancos no ayudaban a los pobres, aunque estos fueran responsables y honrados. Por supuesto que hoy las cosas han cambiado, pero aún con todo es difícil tener casa propia si no se tiene un trabajo fijo. Más adelante les contaré como firmé un contrato de construcción sin tener trabajo. Pero regresando a los periplos habitacionales que viví, lo que deseaba decir es que lo más ultrajante para mí era cuando el dueño de la casa le decía a mi papá o a mi, hoy que teníamos que desocupar y que nos daba tantos días de tiempo. Quien no lo haya vivido no podrá comprender la desesperación de buscar casa y de tener que dejar rincones, amigos, amistades y la seguridad de vivir en una casa, aunque no fuera nuestra.
Muchas de mis casas fueron de regulares para abajo, con huecos en las paredes o pisos, tablas sin pintar, baños de chorros fríos y directos a veces compartidos, de dos habitaciones donde 6 niños nos apiñábamos en un cuarto, donde en una cama grande dormíamos 4 varones en ocasiones en sacos de gangoche. Pero era un niño felíz, hasta que hubo problemas familiares que obligaron a mis padres a separarse. Días de gritos, llantos y dolor que no deseo recordar.
Allá en la bajura conocí ríos y quebradas. Conocí el agua cristalina de los ríos cuando chocaban contra las piedras negras y lucias. Supe lo que era escaparse de mis padres para ir a nadar a la poza de “Los Hidalgo” y pasar por el canal de Caqui y robar caña. Sí, soy pocero. Aprendí a nadar en las pozas frías del río Peje. Consumía y me tiraba desde una roca y la corriente me jalaba hasta la presa unos metros más abajo. Brazos morados y fríos, dedos arrugados, señal de que había estado bañándome en un río, cosa que se corroboraba raspando con la uña la piel ya seca que dejaba una marca delatora de nuestros escapes.
En una oportunidad escapado junto con “pata de buey” hoy eminente abogado, se nos ocurrió pasar a robar caña donde Caqui. Yo sostenía la caña y macho cortó la caña, pero también mi brazo, más específicamente la muñeca. La herida fue grande y se me veía hasta el hueso. Sin embargo no fui al hospital a que me remendaran, tanto era (y es) el miedo que le tengo a los matasanos. Mucho tiempo tardó la herida en sanar. Hoy está ahí las marca en mi muñeca izquierda, como mudo testigo de mis andanzas de niñez.
En otras ocasiones la visita a los ríos era en compañía de la familia. ¡Qué aventura! ¡Qué alegría! ¡Qué recuerdos! Cuando nos llevaban a Aguacaliente. Comer entre las piedras del río, cocinar huevos duros en el ojo caliente, disfrutar las pozas de agua caliente.
Ese río hasta hace poco se mantuvo abierto al pueblo. La vegetación siempre se conservó. Más hace poco fui a esos lugares que recorría de niño y ya no pude pasar al río a revivir mi pasado. Ahora hay un balneario y se prohibe pasar al río. Las pozas que ayer disfrutábamos están tristes y hasta contaminadas. ¡Aguacaliente ya no eres mi Aguacaliente, ya no sos del pueblo!. Lloro por tí.
Todavía conocí la Fortuna en montañas, entre soampos y ríos, cuando había que entrar por potreros, con carros encadenados o simplemente se llegaba hasta el Puente de Hamacas del Peñas Blancas, y de ahí en adelante a caballo. Allá al otro lado del río Fortuna, que hoy quieren matar, a la orilla del Arenal cuando era realmente el Arenal, allá pasé grandes momentos de mi vida. Allá aprendí a conocer la naturaleza, el bosque, el tacotal, el viento, los pizotes, los monos, el barro, las garrapatas. Sí en esas remotidades vivían mis tíos y abuela. Y yo siendo niño los iba a visitar.
Cuando hoy camino por lo que fueron trillos me da lástima y añoro esos tiempos. Yo caminé o anduve a caballo por entre veredas y montañas allá en Aguazul y no se podía ver el sol. Pasar el Arenal caminando o a nado no era comida de trompudo. Había que tener mucho valor.
Una vez viniendo del lado que llamaban el Estero, donde vivían familiares míos, el tío Miguel tuvo que pasar a nado el río Arenal para poder traer el bote y pasarme a mi al otro lado. Yo lloraba de miedo al oir el ruído del Arenal y al ver su correntada que daba pavor. El tío Miguel, entonces joven y gran nadador, se lanzó al agua y nadando contra corriente se tomaba de la punta de alguna rama que sobresalía en el río. Ahí descansaba y tomaba aire para nadar un poco a favor de corriente, calculando ir a salir el tío más debajo de lo previsto. Cuando el Arenal crecía, rugía y tumbaba todo a su paso. Muchas vidas de animales y humanos fueron sus víctimas. Y luego del Arenal había que pasar el San Carlos, más ancho y profundo, pero de aspecto más tranquilo que el Arenal. Aquí no había mucho problema porque casi siempre había bote o con un grito se llamaba al botero que estaba al otro lado. Pero no se crean, este río aunque en apariencia más tranquilo es uno de los poderosos de la Bajura. Allí quedaron las esperanzas de mi abuelo materno, al cual no conocí. Su bote se volcó y se lo tragó el río. Ese río tiene una deuda familiar. Cobrarla hoy no dejaría ningún sabor, pues su caudal agoniza.
En Aguazul, entrando cerca del Tanque de la Fortuna, se caminaba entre potreros, pastizales de gigante, barriales y montañas, para llegar a la finca donde vivía la abuela María.
¡Qué lindo ese paraje!. Una casa campesina de alto. Arriba estaban los cuartos, el corredor y la cocina; abajo servía de corral, de sitio de ordeño, para amarrar ternero, guardad albardas, sogas, guindar monturas, tarros con carbolina o rollo de alambre.
La finca tenía una pendiente en forma de “U”. Había un potrero con guayabas, y un árbol de caimito. El agua se tomaba de una quebrada cristalina que pasaba a un costado del potrero hacia el lado Norte. Existía un andaribel para traer el agua hasta la cocina de la casa de la abuela, pero si se reventaba el mecate había que ir hasta el bajo a traer el agua. Nos bañábamos en una pequeña poza de esa quebrada. De la quebrada para allá era pura montaña, donde sacaban madera con hacha y por medio de bueyes. A lo lejos estaba el río Arenal, que se divisaba desde las ventanas de madera sin pintar de la casa de la Abuela. Cómo me gustaba mirarlo y escuchar su música. Me dormía con su arrullo. El Arenal daba alimento, había buena pezca de bobo y guapote. Al otro lado del río vivía la tía Oliva. Si se gritaba se escuchaban los gritos. Tiempo después la Abuela María y el tío Juan se pasaron a vivir a otro sitio en el mismo Aguazul.
Recuerdo cómo cuando los visitaba iba a traer agua en baldes a la quebradilla
y a lo lejos se divisaba la montaña y un maizal. Cómo me gustaba
ese viento que corre en el monte provocando la caída de hojas y un raro
silencio antes de venirse un fuerte aguacero.
También a veces en las tardes me iba con el tío Juan a jugar mejenga en la playa de Aguazul. Una iglesia de madera y una pulpería era el centro del pueblo. Después de la mejenga todos iban a la pulpería. Se tomaba un refresco, se contaban chistes y se jugaba naipe a la luz de una lámpara. De vez en cuando un amago de pleito alegraba la reunión. Ya oscureciendo, unos a pie con el machete en la mano y el foco en la otra, otros a caballo, con los tacos colgando al hombro, se iban alejando a su finca o casa.
En algunas ocasiones, a escondidas del tío Juan, compraba cigarros para la Abuela, que fumó siempre hasta su muerte. Mira muchacho, cómprame unos cigarros ticos, pero que no se de cuenta Juan, me decía, mi linda y dulce abuela de ojos claros y cansados, que vivió siempre la vida dura del monte.
Una vez ( o varias veces ) pasé el río Arenal a pie, jalando el caballo con mi tío Juan. Por supuesto esto sólo se podía intentar en la época seca, porque cuando estaba crecido había que pasarlo pro cable o nadando, y mi natación no era para un río como ese. Aún en verano el río era poderoso, rugía y se estremecían las bestias y los hombres. Junto a m i tío que creció en esos ambientes, yo me atreví a cruzarlo, amarrado de un mecate o montado en una bestia.
Hace poco tiempo regresé a ese mismo paisaje con mis hijos pequeños. Ellos no pudieron ver lo que otrora vieron mis ojos. El potrero desfallecido. La montaña al otro lado de la quebrada ya no estaba. Cuanto sufrí. Pero lo que más me impresionó fue que ahora mis niños caminaban tranquilamente pro entre el Arenal. Hasta jugaban sin grandes peligros.
¡Oh Arenal ya no sos ni tu sombra por culpa de los hombres! Me dí el lujo de violar tu intimidad, de caminar por entre tus aguas por donde en mi niñez jamás hubiera soñado, y arrebatarte de tus paredes una macolla cubierta de orquídeas que hoy lucen como una corona de rubíes y zafiros donde la tía Lola, allá en Los Angeles de La Fortuna.
Jugué a las chócolas y a las bolillas, al punto tarro y a los ladrones y policías, a las mejengas y a los trompos. ¡A tiempos aquellos! Quién se los llevó?.
Donde mi abuelo Bonilla, en el centro de Ciudad Quesada, era el sitio de reunión del barrio. Ahí se jugaban o iniciaban todos esos juegos tradicionales. Lo único que había que cuidarse era de los gritos o regañadas de mi abuelo si se apaleaban los palos de níspero o naranjas. También había que tener mucho cuidado con los perros, porque los Bonilla siempre se caracterizaron pro sus perros, ya fueran de cacería al principio o pastores alemanes después.
Así aprendí a querer a los animales. Nunca podré olvidar a Laika, una preciosa perra orejona que nos regaló y que nos acompañó por tanto tiempo. Cómo la queríamos. Desde entonces siempre ha habido perros en la familia. Unos han muerto, de muerte natural o aplastados por un carro. Cuando esto ha sucedido ha habido llanto y dolor. Si no que lo diga mi hermana. Yali cuando se murió Boni, o mamá cuando se murió Pituca, o Mónica cuando Randall mi hijo menor dejó caer a la Pitu recién nacida y casi la mata. Cómo lloraba desesperada Mónica. Así ha sido, entre perros hemos crecido. Quien no ha tenido perros no conoce el olor de los desperdicios. Hediondos y nauseabundos los jalábamos desde la curtiembre en tarros para los perros de Bonilla, ¡Vivan los perros!.
Esa Bajura, ese San Carlos era un vergel, era un paraíso natural que nadie quiso cuidar. Cada barrio, cada lugar tenía su contacto con la naturaleza. El Barrio de los Bonilla, tenía su “bajillo”, su potrero, su río, sus bosques y sus tarzanes. Jugábamos de tarzán porque ahí teníamos los recursos. Sólo nos faltaba “chita”, porque los árboles estaban, los bejucos, pendían de los árboles, el bosque existía, el río pasaba cerca. Hasta el heliotropo estaba a mano para que pudiéramos hacer nuestros ranchos, ya fuera en tierra firme o entre las ramas de los árboles.
Yo no se que pensarán los Tarzanes famosos de la Bajura. Uno andaba hasta pelo largo y se llamaba así. El otro era de nuestro barrio, hoy profesor y cantante conocido a nivel nacional. No digo su nombre, pero Chico era nuestro tarzán. Se lanzaba de un palo que había detrás de donde Bonilla, en la placilla de los Rogelio, hasta una Mata de Plátano. Andaba cuchillo y se ponía pantaloneta. Esos eran nuestros juegos, limpios, tranquilos, inocentes. Así éramos entonces.
Hoy el “bajillo” está casi destruído, los árboles ya no existen, y la quebrada es una cloaca abierta. Y pensar que ayer ahí nadábamos y jugábamos. Ya no se puede ni pescar olominas, con lombrices que sacábamos de los suelos negros y húmedos de las orillas de las quebradas.
Allá en la Bajura celebrábamos el día del árbol yendo a gamonales, unas fuentes de agua que habían, a plantar un árbol y a compartir con la naturaleza. Lástima que no mantuvimos ese espíritu por la protección de nuestra cuencas hidrográficas.
De niño miré de cerca las heridas del Volcán Arenal allá por lo que fue Tabacón, cuando la tía Rosa vivía a su pie. Lo que hoy son potreros eran montañas. Ví y conocí el fondo del hoy Lago de Arenal. Caminé por los bosques, potreros y pueblo que hoy yace en su fondo. Ahí estuvo Arenal de Tilarán. Ahí vivió el tío Lelo. Ahí nacía el verdadero río Arenal. La represa trajo su agonía.
En mi niñez empecé a querer a los animales. La vaca media Holstein que tenía el abuelo Bonilla que a veces ibamos a traer al potrero, arreada por un costado de la ciudad, por la ruta de donde los Carretada y donde Xenón. También aprendí a querer el ganado en las fincas de mis tíos, cuando anbaba a caballo o ayudaba a recoger los terneros.
Nunca tuvimos animales grandes en la casa, excepto los perros como dijimos. Pero hay un animal que me causa agradables recuerdos. Fue una gallina que me habían regalado. Me la dieron siendo una pollita y me la llevé para la casa. Ahí creció y creció. Cuando tuvo edad y necesidad de poner, enana de las tantas casas que vivimos le alisté en mi cuarto, encima de donde dormía, una caja para que entrara a poner. Y todas las mañanas era una fiesta verla saltar hacia la ventana y poner su huevo. ¡Ay mi gallinita, cómo me gustaba ser niño para vivir las alegrías que me diste en esos días!.
Eran los tiempos en que no había televisión. Eran los tiempos de que sentadas en un banco las familias lloraban y suspiraban oyendo novelas por radio. Eran los tiempos en que yo resaba el rosario y hasta me sabía todas las letanías. Eran los tiempos en que el abuelo Bonilla nos cortaba el pelo con tijera en un banco alto y con una máquina manual, que le metía cada jalonazo a uno que hasta lo hacía llorar. Eran los tiempos en que los maestros le tiraban la tiza, el borrador, o le daban un reglazo a uno, y a quedarse callado porque los papas le repetían la dosis. Eran los tiempos en que se iba al trapiche de Chuto a comer perico, sobado o tomar espuma o cachaza. Eran los tiempos de ir a robar berros. Eran los tiempos de las chocoletas estudiantes del Colegio de Monjas. Eran los tiempos de loco Lalo, los tomates, que asustaba a los niños y tiraba piedras.
Eran los tiempos en que jugábamos con trozitos de madera y barquitos por los caños de la ciudad. Eran los tiempos que ocn desechos de aserraderos, pedazos de madera, construíamos carretillos, carritos para jugar, y hasta botiquines, que nos había enseñados a hacer el profesor de carpintería. Eran los tiempos de nuestra Escuela Juan Chaves. Eran los tiempos de la bajura, de esa poza de los Hidalgo, del cañal de Caqui, de Chico Tarzán, del trapiche de Chuto, de los Carretada, chicos inquietos de la época, del putero de Xenón, de Lalo los tomates, de las Chocoletas.
Pero todo se acaba y una vez hube de salir de la Bajura. Fue tan triste como los días aquellos de la revolución del 55, cuando llegaban soldados a la plaza y las avionetas volaban rasante, y nos tuvieron que llevar a todos a la finca de Rafaelillo, a guarecernos de la Revolución. Fue tiempo de dolor y silencio. De compartir alimentos y esperanzas.
Eran los nicas decía la gente y Papá junto con sus hermanos y el abuelo, tuvieron que huir a las montañas, a la finca de Berta en la Quebrada del Palo, ya que ellos eran simpatizantes del Gobierno al que se buscaba derrocar. Años después comprendería el verdadero trasfondo de esta revuelta que tuvo en Ciudad Quesada uno de sus principales centros de operaciones.
Mamá sufría en silencio sentada hasta tarde de la noche cociendo ropa para llevar algún dinero a la casa. Mi mamá y la máquina. Los niños y la cocina. Leti, nuestra otra mamá nos cuidaba a los seis, dos niñas y 4 niños. Le dolía la soledad. Pero más me dolía a mí al ver que mi padre se había ido de la casa a un lugar llamado Puriscal, a atender la zapatería de Baudilio un cuñado. De Puriscal lo único que sabía era el estribillo que decía “Ayayay que chiles tenemos como todos lo dirán, vienen de todos lados y también de Puriscal”.
Fueron mis días más amargos, largos, de dolor, de llanto en silencio, de esperanzas vacías, de impotencia. No, no quiero recordarlos, porque las lágrimas afloran en mi faz.
La mañana era gris, oscura. Estaba felíz porque de nuevo estaría con papá. Pero mi alma lloraba y se desangraba por tener que dejar mi terruño. Nuestros pocos “tiliches” fueron puestos en un camión de los Herrera y así salir de la Bajura. Bañado en lágrimas y con un futuro incierto.
ENTRE LOS CERROS
Fue un día de lluvia tormentosa cuando llegamos a un pueblo de calles de tierra, donde la luz llegaba a ratos y todavía la gente peleaba en las calles. Era a mediados del año que mataron a Kennedy.
El reencuentro con Papá fue en el negocio donde el era dependiente, sea la Zapatería Víctor. La cuesta que hoy va a Turrubares era un río achocolatado, tal era la fuerza con que llovía. Besos y abrazos y a acomodarnos a la nueva casa de Puriscal.
Nos sentíamos tan contentos como cuando Papá nos enviaba bolsas plásticas a San Carlos para que las usáramos para llevar los útiles a la Escuela.
Y aquí estábamos ya en nuestro nuevo hogar. De nuevo la familia se reunía.
A través de los años siguió el desfile por las casas alquiladas, comencé a conocer a un pueblo especial y empecé a conformar mi primera biblioteca. No se de donde nación ese amor por coleccionar libros, pero cuanto folleto, libro o revista caía en mis manos, la guardaba. Incluso por esos tiempos comencé a mandar cartas a la O.E.A., al Departamento de Publicaciones y me enviaban libros o folletos. Lo mismo hacia con ciertas embajadas. Devoraba con ansias el material que me enviaban. Todavía hoy mantengo por ahí guardados algunos libros o folletos de esa época. Así he llegado a tener una gran biblioteca, que me ha acompañado siempre. Y aunque no lo crean, lo más difícil y trágico de esa pasada de casa era el pasar los cientos de libros, ya que estos pesan mucho y sólo yo debía pasarlos con el cuidado que ellos se merecen. Son mis amigos y confidentes. Son mi gran tesoro. Creo que si la gente apreciara el valor de un libro, la humanidad fuera distinta.
Amigos empiecen su biblioteca. Es fácil de hacer. A veces lo único que cuesta es enviar cartas y le envían cantidad de documentos. Cambie de vez en cuando, ojalá siempre, la cerveza y el guaro por libros. Los libros no dan “goma” y no se esfuman como el licor. Además, les contaré un secreto, aunque amo a los perros, he llegado a considerar que los libros son mejores amigos que ellos.
Por aquellos días tener un televisor o un carro era señal de una familia acomodada y con cierto status. Por eso recuerdo con aprecio a la familia Zúñiga que nos permitía ver televisión desde la puerta. La televisión de aquellos días era incipiente y en blanco y negro, pero producía una sensación de sorpresa y – yo no se que, poder mirar las fábulas, bonanza o combate, series populares de aquellos días.
La entrada a la Escuela Darío Flores produjo un choque en mi temperamento tímido: nueva gente, nuevos profesores, nuevos amigos. Sin embargo me adapte en forma calmada y lenta.
A mis 12 años todavía era un niño pero que ya sentía los llamados de la adolescencia. Ya en sexto grado me empieza a gustar las compañeras. Cómo olvidar la atracción que me producía Ana Cecilia?. Lo sabía ella?. Siempre andaba bañado, vestido y peinado. Tanto me preocupaba por mi cabello que mis compañeros creían que yo usaba laca en el pelo; y así me pusieron ese apodo que todavía algunos recuerdan.
En “la bajura” me dejaban por fuera en las mejengas por malo. Sin embargo, como que con la llegada a la zona de los cerros me hice un poco “menos malo”. Lo cierto del caso es que empecé a destacar como futbolista y poco a poco fui abriéndome campo en las mejengas del barrio, en la plaza principal de Santiago, o en el potrero de Melo en el Barrio los Angeles, en los principales equipos del momento como el “Alvaro Durán”, y por supuesto en la Primera de Puriscal F.C., equipo de Segunda División, donde fui años su defensa derecho.
El fútbol me permitió conocer casi todos los rincones de la zona de Purisco, del antiguo Santiago Cola de Pavo, de lo que fue la Villa de Puriscal. De esa manera caminé y palpé esos cerros pelados, sin bosques, sin ríos. Todo lo contrario a la Bajura de San Carlos. Gracias a que anduve jugando por las diferentes plazas de los distritos, del que fuera el granero de Costa Rica, observé la lenta agonía de parajes de los cuales Vásquez de Coronado, en la época de la colonia, decía que eran muy difíciles de caminar porque apenas se podía ver el sol, por lo cerrado de las montañas y lo abrupto de los caminos. Si hoy Quizarco, Pacacua, Turrubará o el mismo Corroer resucitaran volverían a morir al ver la soledad y la miseria que envuelve lo que fueron ricos territorios que una vez ellos dominaron.
Ese peregrinar por entre los cerros nos llevaba a la frontera que entonces tenía Puriscal hacia el sur, es decir, a Salitrales. Hasta ahí se llegaba en carro a finales de la década de los sesenta. Aventurarse después de este punto era una verdadera Odisea que algunos hacían hasta llegar a l mar, a la zona de Esterillos, tomada desde entonces por puriscaleños. Desgraciadamente, lo que la naturaleza conservó por años, en poco tiempo el hombre con sus motosierras, tractores, camiones, aserraderos y su afán de lucro, lo destruyó y lo convirtió en un verdadero monumento a la estupidez y a la destrucción de la naturaleza. Hoy solo quedan vagas muestras de las selvas de antaño en la zona de la cangreja han sobrevivido pro el hechizo que escondieron por ahí unos anarquistas franceses, que se refugiaron a finales de los veintes a la vera de sus montes, seguros de que ella les daba el aire, el agua y hasta los alimentos.
Ese pueblo noble y trabajador, que sin saberlo destruyó a su madre tierra, me acogió en su seno como a su propio hijo. Por eso sólo agradecimiento guardo por Puriscal. Es más, tanto me llegué a integrar que hasta me convertí en monaguillo, de esos que se levantaba a las 5 de la mañana para ir a ayudar a misa. ¡Qué orgullo pavonearse por el altar de la iglesia o por las calles en una procesión con los trajes rojo y blanco de nuestras sotanas!. Éramos pichones de padre. Tomábamos muy en serio nuestras labores, aunque a veces tomábamos unos sorbos de vino o nos comíamos un poco de hostias, sin consagrar por supuesto. Obviamente que éramos privilegiados. No cualquiera estaba tan cerca del cura párroco como nosotros y podía entrar como perro por su casa a la Casa Cural. El cura y la Casa Cural eran verdaderas instituciones y merecían mucho respeto.
Guardo agradables recuerdos de cuando fui pichón de padre, pues también pude ampliar mis recorridos por todo Puriscal. Los monaguillos debían acompañar al Padre a pastorear su rebaño. ¡Qué comidotas nos dábamos, porque donde llegar el padre era bien recibido y luego de la misa en alguna casa del lugar nos plantábamos a comer.
En fin éramos Monaguillos, gente importante. Si no que lo diga Tere que estaba siempre en misa enfrente mío y no le quitaba ojo.
Pero algo curioso me sucedió con los padres de los que fui monaguillo y alumno. Al cabo del tiempo resultaron medios revolucionarios, progresistas se diría hoy, puesto que muchos de ellos colgaron la sotana. Entre ellos recuerdo al Padre Lápiz, al padre Goñi, al padre Yanuario (aunque de él no fui monaguillo pero sí su amigo), al padre Sanabria, y otros que pasaron por Puriscal. Con algunos de ellos, ya en la adolescencia, me volví a encontrar e influyeron en algunas decisiones de mi vida ecológica.
El interés anquilosado por la naturaleza comenzó a molestarse cuando ingresé al Colegio Agropecuario de Puriscal. Allí en forma más técnica aprendí algunas cosas más de la tierra y sobre la ganadería. En efecto trabajábamos la tierra, ya fuera el café, el maíz, las hortalizas y aprendíamos sobre el manejo de porquerizas. Lavar chiqueros, ver parir a cerdas, destetar, cortarles el ombligo y los dientes, era parte de nuestros estudios. También lo era capar chanchos o injertar cítricos, aunque no lo seguí practicando y perdí lo aprendido. También no daban aspectos de manejo de maquinaria y equipo.
Aunque nunca fui trabajador de machete, excepto cuando había que chapear algo en la caso o en el volcán Poás, donde trabajé y viví, o cuando voy a la finca que tenemos en Sarapiquí, todavía mis manos tienen los vestigios de unos callos que se hicieron cuando nos ponían a chapiar, a “volar machete” en la finca del Colegio Agropecuario.
Una vez chapiando una zona de potrero que se había reforestado, en un
descanzo en compañía del profesor Luis Zúñiga, al
que le decíamos “Verú”, que tenía una voz muy
ronca, internacional que queda en Honduras y a la cual todos aspirábamos
a ingresar. Bien, pues la tontera era que porqué no íbamos a visitar
el Zamorano. Esa broma tomó fuerza y se llegó a planear y organizar
un viaje legendario en esos tiempos. Lo cierto del caso es que fuimos al Zamorano
en bus. Fue toda una aventura. Hasta gran cantidad de gente del pueblo nos fue
a despedir. Luego hubo preocupación porque en esos días empezó
la guerra entre Honduras y El Salvador. Nosotros no tuvimos problemas en Honduras,
pero al Bus le teníamos que poner una bandera de Costa Rica. Pudimos
vivir la efervescencia e insensateces de dos pueblos hermanos y miserables,
que aunque no tenían ni que comer, sus ciudadanos eran llevados al matadero
por sus dirigentes.
Ese viaje al Zamorano estuvo lleno de enseñanzas y experiencias. Todavía guardo fotos de ese periplo.
En 1969 se dio entre Los Cerros la primera graduación del Colegio Agropecuario. Recibimos los títulos de Bachilleres en Agricultura Profesional y Peritos Agrícolas. La mazorca se desgranó y cada quien tomó por su lado. La mayoría de los compañeros llegaron a ocupar trabajos buenos y llevan muy en alto las enseñanzas y consejos que nos diera nuestro amigo, uno de los momentos más amargos de mi vida profesional, ya metido de lleno en las luchas ambientalistas. De ello, nos ocuparemos más adelante. Otros compañeros, Madrigal, Didmo y Fredy por desgracia murieron en diferentes accidentes. Madrigal siempre está en mi mente porque estuve muy cerca de él. Con este amigo hice la tesis de graduación. Horas y Horas pasamos juntos preparándola y redactándola. No hay semana o mes que de una u otra forma no lo recuerde.
La época del 65 al 75 en Puriscal fue una de las mejores y que todos los que tenemos una edad similar recordamos con nostalgia. Eran los días de los bailes en el Colegio, de los cumpleaños cada 15 días, del Camaquire en su apogeo. Eran nuestros días. Nuestra generación había tomado por asalto la vida social, cultural y deportiva. Había creación. Existía mística. Teníamos espíritu de lucha y competitividad. Éramos una juventud sana, sin vicios. Por esos tiempos nuestro vicio era bailar y bailar y jugar al fútbol. Creo que Sari y Rosibel me enseñaron a bailar tan bien que todavía no se me ha olvidado, aunque al principio sus majonazos se llevaron ya que yo parecía un cocodrilo enyesado.
Mi carácter comenzó a forjarse en las mejengas y en la zapatería. En las mejengas porque desde muy joven yo me metía a jugar con gente mayor. Ahí se tenía que soportar el juego fuerte y mal intencionado de algunos. Había que plantarse como un hombre y defender su honor si quería que lo tomaran en cuenta. Ahí me hice hombre. Ahí aprendí a no tenerle miedo a nadie en una cancha. Ahí conviví con cuquilla, los neno cara de ruco, los celín, los cutín, los monga, los patos, los picheles, los cascos, y tantos otras “yeguas” que llegaban a jugar mejengas. A veces empezábamos a jugar a las 2 o 3 de la tarde y terminábamos cuando la bola no se veía. En la zapatería aprendí la sicología de un vendedor y la idiosincrasia del campesino. El tratar por años con la gente más humilde de Puriscal, que llegaba a comprar zapatos fue una gran enseñanza. De esa manera supe calcular el tamaño de un pie con solo observarlo. Llegué a detectar el número normal de una mujer en Costa Rica es 35, 36, y que aquella que calce 39, 40, pero a veces aparecía alguien que calzaba 44 y ese era un fenómeno que casi no encontraba su número en Costa Rica.
Toqué y medí quizás miles de pies. Algunos bonitos, otros que parecían de “buey moledor” y otros llenos de “parranda”, hediondos, en especial aquellos que andaban botas de hule colibrí. Muchas veces estuve arrodillado ante semejantes ayudándoles a probarse su bota o zapatillas; no por eso me sentí menos que nadie y estoy seguro que lo volvería a hacer aunque no sea para medir un par de zapatos.
Lo único que me molestaba del trabajo de la zapatería era que papá no llegara en las tardes a la hora de la mejenga. Qué desesperación si no venía o llegaba tarde. La mejenga era parte de mi vida.
El negocio mejoró y también la vida familiar. De ser dependiente papá pasó a tener el negocio a medias y luego fue su dueño. Las expectativas cambiaron. Atrás quedó las labores de zapatero y ahora entrábamos en el sector comercial, aunque pequeño o mediano. Ese negocio permitió que todos los hermanos termináramos los estudios, algunos hasta nivel universitario como fue mi caso. ¡Bendita zapatería, que todavía hoy sigue dando sus frutos!.
La época universitaria la combiné con el fútbol. El jugar en el primer equipo de Puriscal cuando estaba bien, me permitió tener algunas entradas extras y viajar por casi todo el país. Nos pagaban por partido ganado o por mes, dinero que usaba para comprar ropa o libros. También me ganaba algo pasando tesis de graduación del Colegio Agropecuario. Había aprendido a escribir bastante bien y rápido en máquina de escribir, porque papá, hombre previsor, había comprado una máquina para que aprendiéramos a escribir.
Viajaba casi todos los días de Puriscal a la Universidad. Luego con un grupo de Sancarleños alquilamos una casa y vivíamos en San José. Este esfuerzo que hicieron mis padres ha sido la mejor herencia que haya recibido, testimonio imperecedero de alguien que se preocupaba por la educación de sus hijos. De esta manera en 1973 les dí el regalo que tanto ansiaban, un título Universitario.
Con un título en Geografía e Historia en mano emprendí una nueva etapa en la vida. Existía la posibilidad de ser un profesor de Estudios Sociales o seguir un nuevo camino. Opté por lo úlitmo y me ligué al reciente Servicio de Parques Nacionales como Asistente de Administración, que me llevó a la vida práctica de la conservación de los recursos naturales.
Por esos días a Puriscal llegaban profesores de todos lados. Uno de ellos fue Juan Andrés Mora, que junto con María su esposa vivieron en la casa contigua a la nuestra, allá por donde estuvo el local de los Bomberos y tiempos más atrás el corral del ganado, donde los sábados, que era el día de mercado, llegaban los campesinos y comerciantes a mercar sus productos o ganado. Esos días de mercado en ese sector era de locos. Las carretas con las tapas de dulce detrás del antiguo mercado, las ventas de arroz, frijoles, maíz y otros productos. Los comerciantes con sus chuzos picando los sacos de maíz o frijoles para ver su calidad. Un chancho berreando porque Chilo le jalaba la lengua en busca de frutilla. Una vaca escapada del corral. En fin, mucha gente y comercio. La plata corría.
Pues bién, ahí vivíamos nosotros. Juan y María. Ellos eran de Cartago.
Fue por entonces que Yali, mi hermana, cumplía 15 años. Y como había que hacerle fiesta, misa y demás aderesos, María dijo que tenía una prima que cantaba el Ave María. Así invitaron a Rosi a que cantara. Ahí la conocí.
Luego fue mi esposa y la madre de mis hijos. De esa manera pasé a ser un hijo adoptivo del VALLE DEL GUARCO.
EN EL VALLE DEL GUARCO
La primera vez que visité Cartago fue para la época de las inundaciones del río Reventado, cuando Papá me llevó a ver los estragos que hizo esta pequeña quebrada. Todavía el lodo cubría la zona de Taras y era difícil caminar por lo que hoy son los Diques, toda vez que parecía arena movediza. Por allá sobresalía la torre de lo que fue Kativo. Los comentarios aún eran sobre el desastre o sobre la cantidad de muertos que produjo la avalancha. Así fue mi primer contacto con la antigua Ciudad del Lodo, la muy noble y leal Ciudad de Cartago.
No se crea que una vez casado de inmediato me fui a vivir a Cartago. No. Lo cierto es que en esos primeros años me fui a vivir a la montaña, allá a las alturas del Volcán Poás, Parque Nacional del cual era su Director. Sobre esto escribiremos más adelante.
Una vez que hube bajado de las alturas del Poás, donde había sido prácticamente concebido mi primer hijo y vivido sus dos primeros años, tuve que aprender a vivir normalmente con una familia en la Ciudad. Digo esto porque las condiciones en que vivíamos allá no eran las mejores y cada 15 – 22 días teníamos que bajar e irnos a donde mis padres a Puriscal o donde los suegros en San Rafael de Oreamuno. De esta manera, en este lugar vivimos aproximadamente dos años.
No sabíamos lo que era tener electricidad todo el día. Lo que era tener leche fresca para el bebé todos los días, o tener alimentos frescos. Tampoco, como casado, no sabía lo que era vivir en una casa alquilada. Regresaba a los alquileres de casa.
Sobre esta etapa hay una anécdota que hoy la disfruto. En una de esas salidas del Volcán Poás nos fuimos a Puriscal donde mis padres. En la madrugada, no se porqué razón me desperté sobresaltado y dije que porqué estaba la luz prendida, que porqué no había apagado la planta. Rosi entre risas me aclaró que no estábamos en el Poás y yo me sentí todo ridículo. Bueno es que ya estaba acostumbrado a la forma de vivir en Poás, donde a cierta hora había que apagar la planta eléctrica que funcionaba con diesel, y que yo mediante un cable que jalaba desde mi cama la desconectaba.
El vivir en Cartago me gustó, en especial la frescura del clima. Fue una especie de transición desde el frío Poás hasta las bajuras del Valle Central.
Poco a poco fui conociendo el bello paisaje del Volcán Iraza, de la zona de Prusia, el río Reventazón, la represa de Cachí, la de Tapantí, el Valle de Orosi, Cot, Pacayas, Tierra Blanca, Corralillo, Paraíso, Churruca. En fin conocí el Valle del Guarco.
También aprendí de la cultura de un pueblo característico
y sin igual en Costa Rica: Churruca, es decir, San Rafael de Oreamuno. Sí,
Churruca es un pueblo diferente, principalmente por la forma de hablar y el
acento que tienen los Churucos. Ese “Cho” y “está guacero”
no se escucha en otro lugar. Aquí nacieron mis otros hijos y ya hablan
y actúan como los churucos.
Churruca es un pueblo sumamente católico, como buenos herederos del espíritu de su hijo Monseñor Sanabria. Es un pueblo de reuniones familiares, de casas con las puertas cerradas de los Guillén, de los Solano y los Meneses, de los empresarios de camiones, de traileros. Es un pueblo sano, comparativamente con otros del país. Creo que es un lugar sano para criar familia.
Me fui integrando a Churruca pro medio de los lazos familiares de mi esposa, que son tanto que casi cubre todo el pueblo. Como todavía jugaba algo de fútbol, participé con algunos equipos locales. Hoy me he convertido en un asiduo mejenguero de los sábados con gran cantidad de gente del lugar. También he conocido al pueblo mediante la música, ya sea el coro de Pepe Gómez, donde canta Rosi o con los serenatero de Batista y compañía.
A este grupo coral de vez en cuando los acompañaba a cantar cumpleaños, misas especiales o misas de funerales. Impresiona en la misa de funeral escuchar el duelo de la Patria cantado que hace que uno sienta un nudo en la garganta. Con los Batista es agradable andar, en especial escucharlos cantar música popular. En ese ambiente me he desenvuelto. Ese ambiente ha sido testigo de mis luchas ambientales. Sus noches, su viento, su frío, su soledad, han sido inspiración para muchos de mis escritos o poemas inéditos.
¡Valle del Guarco! En tus entrañas he amado, he sufrido, he llorado, he aprendido a vivir.
Gracias por permitirme dormir en tu lecho y por albergar a aquellos que junto con mis padres y hermanos, son lo que más amo en la vida y los que han dejado huella en mi ser.
EN LAS MONTAÑAS
Era una tarde lúgubre, con un frío que calaba hasta los huesos. El viento zumbaba como quien quería darme una bienvenida. La neblina era espeza y se entremezclaba en los árboles de robles y podocarpos. A veces aclaraba y al rato la oscuridad era talque no se divisaba más allá de los 5 metros. Ese era el ambiente de los colibríes, los yigüirros de montaña, las ardillas del Poás, las melastomaceas y el hulex, que tiempo después se integraron a mi vida.
Así se presentaba la cumbre del Volcán Poás, cuando arribé allá por el año 1974 a hacerme cargo de su administración. Me convertí a partir de ese momento en el flamante Director del Parque Nacional Volcán Poás. Ahí, sentado en una silla helada, en la “nevera”, para mí. Todo era extraño; todo me impresionaba, porque nunca hasta ese entonces había estado en las montañas de un bosque nuboso. Tomé posesión de mi nueva casa, mi cuarto, que compartía con otros compañeros que apenas conocía. Un nuevo mundo y una nueva vida se abría ante mis ojos. Mi gran dilema era si sobrevivía al mundo de la conservación, ya no teórico, sino práctico. Lo más lindo de todo fue que con el tiempo me reencontré con la naturaleza y todo ese universo de frío, montaña, aves, aventuras y esperanza penetró tanto en mi ser, que todavía no logro separarme de él. Sobreviví, lo superé y me integré de lleno al mundo natural.
Al llegar la noche de ese primer día y meterme en las frías cobijas eché marcha atrás para recordar cómo había llegado hasta el Volcán. Como ya habíamos comentado, recién salido de la Universidad logré enrolarme en el Servicio de Parques Nacionales como Asistente de Administrador. Eran tiempos en que se forjaba apenas lo que años después llegaría a darle orgullo y prestigio internacional a Costa Rica, es decir un Sistema Nacional de Áreas Protegidas. El personal era escaso y las necesidades muchas. Todavía no había suficiente interés por ir a trabajar a Parques Nacionales en condiciones difíciles y abandonando amigos y hasta un poco la civilización. De modo que los pocos que se habían iniciado en los Parques Nacionales se convertían en verdaderos pilares, idealistas y artífices de la conservación. Para mí era un honor integrarme a ese grupo selecto de ciudadanos que por idealismo y porque creían verdaderamente en la conservación se sacrificaban por conservar, proteger y manejar nuestra Herencia Natural.
De esa manera, cuando hubo que llenar un vacío en el Volcán Poás, me promovieron a Director y aquí estoy ya casi dormido recordando el silencio de la primer noche fría que pasé en el Parque Nacional Volcán Poás.
Quien pesará que la vida de un Director de un Parque Nacional en aquellos años se relacionaba con la investigación de la biodiversidad, se equivoca, porque con lo que se tenía que lidiar a diario era con problemas de administración comunes y corrientes. Había que hacer de todo: de chofer, de cocinero si fuera del caso, de cobrador, de guía, de guarda, y de amigo. Ahí aprendí a hacer amigos que todavía perduran. Pero verdaderos amigos, que compartíamos a diario lo bueno y lo malo, ya fuera de aspectos laborales o familiares.
Recuerdo una noche de enero de 1975 cuando pasé toda la noche “rabiando” porque me había fracturado una mano, la cual se me inflamó. Fue un golpe que me dio la manivela del “juancho”, como llamábamos a un viejo Jeep Toyota placas 879. Una piedra quebró violentamente la dirección y recibí todo el peso del golpe y del dolor. Soportamos la lesión y al otro día con la mano menos hinchada volvimos a la rutina del Parque.
Cuando el Poás estaba despejado, cuando el sol era radiante y las melastomaceas bañaban de color rosado los claros, y el hulex se engalanaba de amarillo brillante, y la laguna se mantenía de color verde, vivir en Poás era maravilloso, excepcional, refrescante, revitalizador. Lo contrario se daba cuando había lluvia, niebla, frío y no había diesel para prender la planta eléctrica y poderse bañar con agua caliente. Quien no se haya bañado con agua fría en Poás en horas de la mañana no podrá comprender el valor de un calentador de agua en esos parajes.
Al Parque y al Coloso los llegué a conocer como la palma de mi mano. Cada trillo, cada árbol, cada canjillón del cráter me eran familiares, eran como mis hermanos. Bajé de noche y de día al cráter, por un lado y otro. Nadé y bucié en la laguna, caminé entre la selva virgen, tomé agua azufrada del fondo del cráter conversé con los animales, escuché al viento, soñé con el silencio.
Cundo me tocó buscar en la laguna para arreglar la toma de agua sentí que me estaba metiendo en una nevera. El frío era tremendo. Lo hice una vez. Otra no. Jugábamos con la Laguna Votos. En una ocasión nos montamos en un bote de hule y cuando estábamos el en puro centro, este comenzó a desinflarse. Tremendo susto. No porque no supiéramos nadar, sino porque posiblemente el frío no nos dejaría llegar hasta la orilla. Desesperados remamos y alcanzamos la orilla cuando ya casi no le quedaba aire al “barco”.
En otra ocasión, contra todos los pronósticos y recomendaciones
bajé en la madrugada al fondo del cráter. Esta odisea no sería
nada extraordinaria, si no fuera por el hecho de que el volcán estaba
en actividad fuerte y el día anterior había hecho erupciones fuertes,
destruyendo unos equipos y tiendas de campaña que unos investigadores
ingleses habían dejado. Se me metió entre “pecho y espalda”
realizar esta aventura. Compañeros de trabajo subalternos intentaron
persuadirme para que no lo hiciera por el peligro que representaba. Les dije
que iría solo. Al final “machillo” y el “gato”
me acompañaron. Fue la aventura más excitante y hermosa. En el
borde del cráter estaba oscuro como la boca del lobo. Como conocía
bien la ruta de descenso, con ayuda de linternas comenzamos a bajar. El “gato”
llevaba una botella de guaro en la bolsa de atrás y un ajedrez en miniatura.
A mitad de la pendiente el paisaje y noche cambió. Salió la luna
llena y el cráter parecía una pintura del “Greco”,
simplemente maravilloso, excitante, de aventura!. Me sentia el dueño
del mundo como cuando subí a los crestones allá en el Chirripó
sin ningún tipo de equipo ni protección y después no podía
bajar porque temblaba de miedo. Me gustaba la aventura y el peligro.
Como a la 1 de la madrugada estábamos ya en el fondo del cráter.
El piso estaba pegajoso por las erupciones realizadas. Olía a azufre,
a diablo, a huevo podrido. No hay palabras para describir la belleza del espectáculo
que estaba ante nuestros ojos. De pronto del centro de la Laguna del cráter
comenzó a salir varias explosiones que nos bañaron de lodo y ceniza.
Como pudimos cada quien en un “sálvese quien pueda” nos refugiamos
en las paredes de las rocas que conforman el primer nivel del cráter.
Fue impresionante ver y sentir rugir ese coloso que, como herido porque violamos
su intimidad, vomitaba a cada instante ante nuestros pies. En esos instantes
agradecimos “al gato” la previsión que tuvo de llevar guaro.
Nos metimos unos tragos y nos calentamos. Posteriormente se jugó quizás
la partida de ajedrez única del mundo, digna de un record. Ahí
ante el Volcán, entre las erupciones y el miedo extendimos el mini ajedréz
y nos jugamos una partida. No recuerdo quien la ganó. Cómo a las
2 de la madrugada emprendimos el regreso. Desde entonces soy parte del volcán.
Muchas otrasa aventuras vivía allá en el Poás y en otros
lugares que visitaba. Vivía estos días plenamente. Me sentía
libre como el viento y hasta me quería dejar llevar por él. Esto
casi sucedió una vez que subí al Volcán Rincón de
la Vieja. Como siempre, debido a que mantenía una excelente condición
física, me adelantaba a los guías o vaqueanos e iniciaba mi propia
exploración. Llegué solo a la cima del Rincón de la Vieja
y comencé a buscar el cráter. No sabía que en esas alturas
pegaba un viento muy fuerte que lo quería tumbar a uno.
No sé como. Seguro por olfato, encontré la forma de llegar al borde del cráter. Pero había un problema. También se nublaba de un pronto a otro el lugar y no sabía uno para donde tomar. De pronto me vi caminando por un lomo en el cual solo me cabía un pie; a un lado y el otro estaba el precipicio. El viento era fuerte y casi no se podían ver las manos de lo denso de la niebla. Poco a poco fui avanzando. Solo, con mi corazón latiendo aceleradamente ysin pensar en el peligro. Tremendo susto!. De un pronto a otro escuché el rugido del cráter que estaba en actividad. Al despejarse un poco ví que estaba al puro borde del precipicio del cráter del Rincón de la Vieja. Nuevamente la niebla cubrió todo y me enfrentaba a la madre naturaleza. Un duelo: ella y yo. Ahí me quedé sentado a esperar que aclarara, pues sabía por mi experiencia del Poás que las ráfagas de viento en cualquier momento arrastraban las nubes y despejaría la zona, aunque fuera por segundos o minutos. Así fue. Cuando esto sucedió quedé maravillado de lo que estaba frente a mis ojos. Un pintura digna del mejor pintor naturalista. Una laguna rodeada de vegetación exuberante se posaba en mi retina para quedar grabada para siempre. Volví la cara para el otro lado y se erguía ante mí el Cerro Von Saaper, cerro triste y sin vegetación. Me daba vuela y tenía ante mí frágil existencia todo el placer de un volcán. Qué más podía pedir?. Solo faltaba que pudiera ser como el aire!.
Pero la administración lo envolvía a uno. No se podía andar siempre de aventura en aventura descubriendo lo que nos deparaba la naturaleza. En la administración de un Parque, comenzaba a sentir los sinsabores de la burocracia, a vivir y conocer de las intrigas que se dan en la administración pública. Muchos de aquellos que fueron compañeros de trabajo en esos años pioneros de la conservación, fueron escalando posiciones a costa de aquellos que con sudor y lágrimas conformaron las bases de lo que hoy es el Sistema de Áreas de Conservación. Ahí nos pudimos enterar de muchas cosas, que entonces no comprendíamos, pero que hoy están claras. Ahí conocimos el porqué se le decía a Parques Nacionales la “jaula de las locas”. Ahí empezamos a ver como algunos montaron sus plataformas para constituir luego un “Imperio” en materia de conservación, en especial en cuanto a recaudar fondos millonarios y establecer Fundaciones para su manipulación personal. Ahí comenzamos a ver la “otra cara de la conservación”, la que no es la del idealismo, sino del negocio o de intereses políticos o sexuales. Todas esa experiencias y testimonios quedaron grabados en “mi diario” de Director, que años después me permitió conocer los verdaderos intereses y personalidades de algunas “vacas sagradas” de la conservación de este país. Quizás la actitud crítica que posteriormente adquirí se deba a que “sé mucho” de las raíces conservacionistas de Costa Rica, a partir de la década de los 70's.
Vivir solo en Parques Nacionales era una actitud que predicaban nuestros superiores. Prácticamente no se permitía tener mujeres. Se aducía que las condiciones no eran óptimas y otras tantas cosas. Yo creo que en parte había algo de eso, pero que lo que prevalecía eran otros intereses de contar solo con hombres en ciertos Parques. Si no que se recuerden hechos y cosas tormentosas que ocurrieron entre jefes y empleados en Santa Rosa y Poás.
A mí me tocó que romper con todo eso. Fue duro y sacrificado. Fui el primero que se atrevió a ir a vivir con su esposa en un Parque Nacional. Recién casado me fui a vivir a una casa tipo cabaña al Volcán Poás. Inconvenientes, incomodidades y muchas limitaciones viví. Pero las soportamos. Incluso el primer hijo lo llevamos a vivir a Poás. Qué años esos!. Los añoro. Qué paz, que tranquilidad!. Qué forma austera de vivir!. Qué aislamiento!. Qué felicidad!.
También hay anécdotas de esas épocas. Una de ellas cuando una noche, estando el volcán en actividad se asomó por la ventana mi esposa Rosi y me dijo que el volcán estaba muy activo y que había mucha claridad en el sector de la cocina y la casa de los muchachos. Me levanté y cual no fue mi sorpresa que efectivamente había fuego, pero no del volcán. Era la cocina que se estaba quemando. Rosi estaba embarazada. La planta estaba apagada. Salimos encarrera a ver qué sucedía. El camino estaba oscuro. Nos alumbrábamos con un foco. Rosi cayó. La levanté. Le dí el foco y la dejé ahí esperando. Salí corriendo a la casa de los guardaparques. Aunque tarde, como a las 10 de la noche, recuerdo que estaban jugando naipe. Les grité que si no estaban viendo el fuego. Todo mundo quedó sorprendido por mis gritos. Tardaron un poco en reaccionar, pero luego salimos todos corriendo a apagar el fuego. Lo logramos y salvamos la cocina que nos era tan familiar. Después eran bromas y comentarios de lo ocurrido. También había que tranquilizar a Rosi que estaba a punto de dar a luz.
Otra historia sucedió una noche que teníamos de visita a mi gran amigo Tobías Meza. El pasaba la noche con nosotros en la cabaña. Como a eso de las 2 de la madrugada, como si estuviera con una pesadilla yo oía que a lo lejos me gritaban “Alexander…!. Imagínese esos gritos en medio del silencio y las montañas del Poás. Era como para helarle la sangre a cualquiera. Los gritos desesperados segúían, ahora se acercaban ahora se alejaban. También los oía Rosi y Tobías. Le pedí a Tobías que tomara un arma y la linterna y echara un vistazo. Yo tenía que quedarme con Rosi embarazada. Tobías no tuvo que caminar mucho. En medio de la noche, perdidos y ya deseperados encontró a Pepe Gómez, Bernardo Guillén, Víctor Monge y Sara, que se habían venido a visitarnos desde Oreamuno, pero que se perdieron y no pudieron encontrar ya entrada la noche la administración, que estaba camuflada entre la vegetación. El vacilón fue después. Todos dormimos metidos en el mismo cuarto. Nos alegramos mucho de tener esas “inesperadas” visitas a altas horas de la noche.
En otra ocasión invité a mi amigo Owen Ramírez a que me acompañara a Poás. Mi hijo Alexander estaba recién nacido y pronto lo llevaríamos a vivir a Poás. Esta situación planteaba muchas dudas, incertidumbres y preocupaciones, pues las condiciones climáticas no eran de lo mejor para un recién nacido, ni la vivienda que tenía era la más adecuada. Recuerdo que estaba apenas forrada con láminas de Plywood y algunos troncos por fuera. No había luz eléctrica, salvo cuando había suficiente diesel y se prendía por ratos la planta. No tenía muebles de comedor, mucho menos de sala. La mesa era una de las mesas que se usaban en las áreas de acampar, y los muebles unos tablones de ciprés asentados sobre troncos viejos. En el centro de este “juego de sala” tenía un enorme tronco de roble. La cama me la hicieron los muchachos, las cortinas era una tela de color rojo con rallitas diseñada por los compañeros de trabajo. Mis equipos tecnológicos, lo era un televisor en blanco y negro, que lo prendíamos cuando teníamos la planta encendida. A veces la dejábamos prendida un poco más en la noche, razón por la cual ya me había diseñado un apagador, no precisamente automático. Este era un cable que recorría como 75 metros entre los arbustos de Esallonias y lo introducía por un hueco que daba sobre mi cama. De esta manera cuando había que apagar la luz no se tenía un hueco que daba sobre mi cama (imagínese el frío, el viento, la lluvia, la oscuridad), lo que tenía que hacer uno era “jalar” el cable y la planta se apagaba poco a poco, quedando sumido todo en silencio. Sólo el viento y el ruido de algunos animales que rondaban la casa se escuchaba.
Al cabo del tiempo, compré una refrigeradora que usábamos a ratos, pero era muy necesaria para guardar alimentos y la leche del niño.
Esa era mi casa, con una cocina por donde se metía un frío terrible y una agua que helaba las manos. Para lavarse la cara se mojaba uno un dedo y se lo pasaba por los ojos, tal era el frío de ciertos días en la cima del Poás. Yo nunca me bañaba con agua fría. Soy “miedoso” para el baño frío. Por eso yo me daba “privilegio de Director” ya a eso de las 10 a.m., o en la tarde de un día soleado, mandaba a encender la planta y conectaba un calentador que había instalado en el baño y me bañaba. Aún así, salía uno con los labios morados y tiritando de frío. Yo no me explico cómo hacía Rosi para bañarse a las 6 de la mañana con esa agua, principalmente cuando salíamos a pago.
Este era mi hogar, al cual llevé a mi amigo Owen. Pero como dije, estaba aislando algunas cosas para cuando trajera a Ale a esta cabaña de Poás. Lo primero que había que comprar era una cuna, buena, bonita y protegida de zancudos y otras alimañas. Compré la mejor que encontré. Junto con Owen la cargué en el dic up de Parques y hacia Poás nos fuimos. La ruta que usé al subir en esta ocasión fue la de Fraijanes (que estaba sin pavimentar y llena de huecos). Así llegamos al área administrativa, pasamos a almorzar al comedor junto con el resto de la gente del Parque y nos fuimos para “mi casa” a descargar con todo mi entusiasmo la cuna, que yo quería ubicar en el cuarto en un lugar especial. Me asomé al cajón del carro y no la ví. Creí que Owen la había bajado, razón por lo que le pregunté que dónde la había puesto, mientras miraba a un yiguirro de montaña revoloteando y las copas de las “pagodas chinas” y de los robles gigantes agitarse. Owen me dijo que él no había bajado nada. Me sonreí y le dije que dejara de bromear. Siguió negándolo y creo que entonces me molesté un poco y me preocupé.
La cuna nunca apareció. Nunca supimos dónde se perdió ni cómo sucedió. Todavía hoy, cada vez que veo a Owen recordamos este pasaje de mi vida en Poás.
Mi hijo llegó al Poás. Fue difícil, pero disfrutamos de momentos y cosas lindas con él. Ale, cuando empezó a gatear, se nos escapaba, ya fuera al frente por entre el zacate a tratar de jugar con algún ave o a coger moras por ahí. No había peligro de ladrones o carros. Era la naturaleza parte de él, de nosotros. Si la vida era solitaria. Pocos amigos nos visitaban. Almorzábamos solos en medio del silencio y la montaña, únicamente Ale, Rosi y yo. Cuando nos aburríamos nos íbamos a “pasear” o almorzar al comedor de los muchachos o visitábamos a otros ermitaños que vivían por las torres. Chico “Torres” le decíamos y también se había casado y vivía ahí en las alturas. Qué amistades!, Qué tiempos idos!.
Los caminos eran malos, las condiciones no eran las mejores, las limitaciones eran muchas. Pero tratábamos de pasarla bien. Si hacía verano jugábamos fútbol en el “potrero grande” y hasta retábamos a la gente de las lecherías de Max Blanco o de la Cooperativa de San Pedro. También, para mejorar nuestra dieta llegamos a tener gallinas y hasta una vaca, que nos diera leche a todos. Pero quieren saber qué pasó con la vaca?. Bueno; teníamos que mantenerla en el área administrativa media oculta, puesto que iba contra las políticas de la Oficina Central. Más con todo, resultó que después de alguna gran erupción del volcán, el zacate quedó bañado de ácido sulfúrico y a la pobre vaca se le cayeron los dientes. Los socios, dueños del semoviente, nos preocupamos y al final tuvimos que deshacernos de la vaca porque esta no podía comer, la sociedad se estaba complicando y las noticias de nuestra aventura ya habían llegado a la Oficina Central.
En Poás eran los días de Calindo de Villegas, del Gato, de Eliécer, de Chico, de Chepe, de Alfonso, de Oscar, de Tirillo, de “Sharon Help”, de las Carracas, de las Zopilotes, de la gente de Defensa Civil, de las serenatas del Gato, y de tanto otros recuerdos que llevo muy adentro de mi ser. Ay Poás, si vos hablaras!.
Más no solo estuve en el Volcán Poás. También estuve en Santa Rosa y en cortas temporadas visitaba otros Parques Nacionales o reservas biológicas. El trabajo me permitió conocer prácticamente todo el país. De cada una de estas giras o visitas temporales tenemos historias que rememorar. Vivencias que hicieron huellas en nuestro pensamiento y forma de ver la vida.
En Santa Rosa me tocó vivir las experiencias y presiones del poder político, cuando un finquero vecino poderoso hacía matráfulas y planes para que su ganado utilizar el jaragua del Parque de Santa Rosa. Este finquero era amigo cercano del Presidente de la República y había que lidiar con él. Me tocó sentir la inclemencia de los malos tiempos y las peripecas de los malos caminos. Una vez me quedé pegado con el carro cerca de la Casona, bajo un torrencial aguacero. Lo malo era que iba con Rosi y Ale que tenía apenas 6 meses. Hubo que salir, batir el barro e ir a buscar un tractor en la finca vecina para que nos sacaran.
También por esos tiempos la finca de Santa Elena, al norte del Parque se utilizaba para entrenamientos militares a la guardia de Costa Rica. Los “militares” pasaban como “perro por su casa” por entre el Parque. Al administrador no lo determinaban. Pero una noche si tuvieron que buscarme porque se habían varado y necesitaban transportar material y equipo al campo de entrenamiento. Cuando llegamos a dicho campo me quedé asombrado, porque sólo en películas había visto campos militares. No parecía que estuviera en Costa Rica. Incluso esos mismos guardias practicaban la cacería, en especial de venado, ya fuera dentro o en las inmediaciones del Parque. A pobres campesinos los tenían ahí entrenando, mal comidos, mal dormidos. Por eso, no desaprovechaban la menor oportunidad para cazar digamos que por “subsistencia”. Estos eran asuntos que un administrador tenía que manejar a diario en un Parque Nacional.
Cuando me tocó ir a la Isla del Coco fue porque apareció un avión estrellado, aparentemente de la Segunda Guerra Mundial. Preparamos el viaje con la base naval de Puntarenas y a la mar nos hicimos en una patrullera. Horas y horas tardó ese viaje, como 30 horas. Al fin, entre nubes divisamos la legendaria Isla. Iban camarógrafos, guardias, y gente de Parques Nacionales. Una vez llegados al campamento, comenzamos la travesía en busca de la nave. La noche y los mosquitos nos tomó a medio camino. Hicimos ranchos y ahí dormimos. Luego llovió torrencialmente y como “chanchos” pasamos la noche apretujados unos contra otros.
Al otro día muy temprano reiniciamos la búsqueda del avión estrellado. Llegamos donde aparentemente estaba el aparato, pero los guardias que supuestamente lo habían encontrado se confundieron y no supieron hallar el sitio donde se estrelló. Ya era tarde. Habíamos perdido casi el día en la búsqueda. La decisión era regresar. Y como siempre, el espíritu aventurero se me metió. Me separé del grupo y caminé por entre un pequeño riachuelo aguas arriba y al cabo del rato encontré el avión. Grité y todos vinieron. Como fui el primero en llegar, obtuve algunos “souvenirs” como municiones, huesos y un reloj de uno de los pilotos, que luego entregué al ejército de los Estados Unidos. También por ahí tengo un puñal todo herrumbrado que sacamos de los escombros.
Como se hacía tarde y ya había logrado el objetivo me adelanté a todos y emprendí solo el regreso a la base, en la desembocadura del Río Genio. La ruta la recordaba. Sabía que debía ir paralelo al río para llegar. Sin embargo, para cortar camino, decidí tirarme al río y caminar por entre sus aguas y piedras, cosa que me encantaba hacer de niño. Más los cálculos me fallaron, porque tenía que salir después de la catarata. El asunto fue que caí al río antes de la cascada. Tuve que bajar “de culo” por entre lianas, arbustos y hormigas de fuego. Apenas hube bajado la pendiente, con todo y ropa me tiré a la poza de la catarata. Luego tomé fuerzas y caminé por entre el río hasta llegar al campamento al anochecer. Por suerte que hice eso, porque el resto de la gente bastante averiados llegaron en horas de la noche y aún la madrugada al campamento. Ya yo estaba descandado y listo para emprender el regreso al otro día en la mañana.
Nancite es un sitio que se debe conocer; especialmente en época de arribadas de tortugas. Por eso, en una oportunidad que estuve en Santa Rosa fuimos con un grupo de estudiantes. Yo no había ido nunca. La caminata la emprendimos desde la casona. Los estudiantes no iban preparados, pero la aventura valía la pena. El guía del parque se fue adelante con un grupo. Ya en la última parte del trecho a Nancite, hay bosque de galería y soampos. Esta vez ya no me adelantaría porque tenía la responsabilidad con jóvenes. Era desesperante porque no caminaban al ritmo mío. Esto nos hizo llegar tarde, casi al anochecer al último tramo. Como ya yo tenía experiencia en los Parques sabía que los caminos estaban marcados con cintas de color rojo. Así que había que seguirlas. La noche llegó y fue terrible el “arrastrar” a estudiantes hasta el pequeño refugio de Nancite, donde apelotados dormimos. Nos comieron los mosquitos y las purrujas.
Al otro día nos encontramos con el espectáculo de las arribadas y las tortuguitas naciendo. Pero también con las tortugas llegaban los saqueadores y en la playa había un barco con varios sacos llenos de huevos listos para embarcarlos. Los decomisamos. Era lo más que podíamos hacer. No obstante, no podíamos detener a los infractores y sabíamos que apenas nos fuéramos, ellos regresarían para continuar con el saqueo.
Más y más experiencias podríamos contar que formaron nuestro espíritu ambientalista y nos acercaron a los valores naturales de Costa Rica. Lo único que puedo decir es que los años más bonitos de mi vida profesional los viví en las montañas. Esto no lo ovido y cada vez que puedo me escapo a dialogar con ese mundo que se metió tan dentro de mí.
EN LA LUCHA AMBIENTAL
Producto de la falta de espíritu de solidaridad, de la carencia de condiciones mínimas laborales en los Parques Nacionales, por la prepotencia con que un “raro” nuevo Director de Parques manejaba el sistema y porque comprendí que había llegado al límite con los Parques y ya no pasaría de ahí por no ser del grupo de incondicionales del “jefe”, decidí abandonar, renunciar (sin pedir prestaciones ni nada) al Servicio de Parques Nacionales. Además, se vislumbraban problemas de desunión familiar por el hecho de tener uno que vivir en la montaña; los hijos crecían y yo no pretendía “fosilizarme” ahí metido en las áreas silvestres, aunque lo disfrutaba y vivía. Pero ya no podía pensar solo en mí; habían otros seres.
Lo cierto del caso es que me hastié de la “jaula de las locas”, me cansé de ver cómo cierta gente manejaba los Parques y áreas afines como un feudo, como su finca particular, donde los extranjeros, en especial los gringos, tenían todo el acceso y facilidades y los nacionales éramos usados como “carne de cañón” para satisfacer los espíritus de grandeza y los egos de ciertas personas que desde entonces empezaban a montar sus imperios en el ramo de la conservación ambiental.
A mi salida de los Parques también contribuyó que por ese entonces había llegado a la Dirección Ejecutiva de la Asociación Costarricense para la Conservación de la Naturaleza (ASCONA), mi antiguo profesor del Colegio Agropecuario de Puriscal, Ing. Gilberto Ugalde. ASCONA había recibido recibido una donación del AID para desarrollar una programa de investigación y educación ambiental, razón por la cual Gilberto andaba buscando un Director Técnico. Me lo propuso, nos pusimos de acuerdo y abandoné definitivamente Parques Nacionales. Aquello que una vez en forma amenazante, ante una solicitud familiar cuando vivía en Poás, me había dicho el Director de Parques “si no estás contento podés irte, podés renunciar”, se lo restregué en su cara cuando le presenté la renuncia. También, había comprendido que mi ciclo estaba concluído en los Parques Nacionales y que debía aprender a “volar” solo, sin la tutela de Papá Estado.
Ahora pienso que quizás si las relaciones humanas hubieran sido mejores me hubiera quedado; todavía anduviera por ahí en las Áreas de Conservación y muy posiblemente no hubiera escrito este libro. Pero no me arrepiento de mi decisión, que con el tiempo siguieron otros, en parte por motivos similares.
Así llegué a ASCONA en 1979, marzo recuerdo. Llegué con entusiasmo y lleno de ilusiones. Entré con seriedad, con responsabilidad, con ímpetu, creyendo en la honorabilidad de muchas personas que participaban en esa organización.
Pero qué fiasco, qué desilusión al cabo del tiempo. Empecé
a vivir y comprender los juegos de poder, los intereses creados, y los negocios
que se promovían a la par del espíritu ambientalista. Pocos eran
los que participaban realmente por su idealismo o fanatismo. Ahora que la Institución
tenía recursos millonarios, a su Junta Directiva llegaban personas interesadas
en hacer carrera política o para promover investigaciones ambientales
en sus Centros de Investigación.
Salvo una persona, que trajo podredumbre, inseguridad y desunión por
sus aires de Emperador y prepotencia, el equipo de técnicos que llegamos
a conformar en ASCONA contribuyó a engrandecer la institución
y sacarla del anonimato nacional e internacional. Llegamos a tener a ASCONA
prácticamente en todo el país. Se nos tenía casi como si
fuéramos un Ministerio. Teníamos poder ambiental. La institución
llegó a ser grande. Pero los celos e intereses comenzaron a apoderarse
y las elecciones de Junta Directiva se convirtieron en verdaderos campos de
batalla, donde nosotros los empleados éramos utilizados por uno u otro
bando. Si apoyábamos a unos quedábamos mal con los otros y viceversa.
Así se empezó a destruir a ASCONA y así empecé a
conocer y sentir la podredumbre y la suciedad que se da en los niveles profesionales.
No estaba acostumbrado a ello y sufrí, padecí y aprendí.
Mucha de esa gente hoy son conservacionistas y continúan en las “matráfulas”
ya con una nueva Fundación, ya con el apoyo que su puesto en el gobierno
le da.
En aquellos momentos aciagos el juego político fue tan intenso que todo
trascendió a la opinión pública. Sobre esto escribí
artículos que serán parte de esta obra. Incluso hubo infiltraciones
políticas y estuvo la mano de un Vicepresidente de la República
para acallar la posición de ASCONA frente al proyecto del Oleoducto.
También recuerdo cómo se acudió al Movimiento Costa Rica
Libre en un determinado momento para contrarrestar el juego y deseos de tomar
ASCONA por parte de un grupo de “progresistas”, medio rosados. Parte
de su Junta Directiva fueron entonces miembros del MCI.
En esos juegos de poder, usando como caballo de batalla a ASCONA, participaron
gente que después llegaron a ser Ministros, Viceministros y ocuparon
altos puestos en diversos gobiernos. Y como lo dije, hasta la mano directa de
un Vicepresidente estuvo metido, por medio de incondicionales que hasta tuvieron
cuentas con la justicia por asesinato.
Sobre esto último, este es uno de los capítulos más bochornosos
y sucios que pasaron por ASCONA. Resulta que cuando nos enfrentamos al Oleoducto,
en el gobierno del Presidente Monge, había un claro interés por
parte de su Primer Vicepresidente de construir el mismo. Por esa razón
hicieron toda una estrategia e infiltraron gente en la Junta Directiva. Cuando
nos dimos cuenta era tarde y ya eran miembros de la Junta.