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Así era el pensamiento ecológico de Juan Pablo II

Por.Alexander Bonilla D.

Quien mejor interpretó el valor de proteger el entorno para los seres humanos y el Planeta, ha sido el Papa Juan Pablo II, que ha publicado grandes y bellos mensajes sobre el particular.

La paz mundial está amenazada por la carrera armamentista, por los conflictos regionales, las injusticias existentes en los pueblos , y por la falta del debido respeto a la naturaleza, la explotación desordenada de sus recursos y el deterioro progresivo de la calidad de vida.,decía. Esta situación, provoca una sensación de inestabilidad e inseguridad que a su vez favorece una forma de egoísmo colectivo, acaparamiento y prevaricación.

Creía Juan Pablo II que ante el deterioro ambiental que se vive no se podían seguir usando los bienes de la tierra como en el pasado. La conciencia ecológica no debe obstaculizarse, sino más bien favorecerla, para que se desarrolle y madure con programas e iniciativas concretas.

La crisis ecológica que padece el mundo es un problema moral. Si el hombre no está en paz con Dios, la tierra tampoco estará en paz. Según el Papa, uno de los elementos que revela el carácter moral de esta crisis es en primer lugar la aplicación indiscriminada de los adelantos científicos y tecnológicos, muchos de los cuales , en lo agrícola e industrial, provocan efectos negativos a largo plazo. Por eso, decía, toda intervención en un ecosistema debe considerar sus consecuencias en otras áreas y en general, en el bienestar de las generaciones futuras.

La disminución gradual de la capa de ozono ha alcanzado niveles críticos debido a las industrias, las grandes concentraciones urbanas y el consumo energético .Todo esto deteriora la atmósfera y el ambiente, originando cambios atmosféricos y meteorológicos que afectan la salud y puede traer el sumergimiento futuro de tierras bajas. En algunos casos el daño ecológico es quizás irreversible, pero en otros aún puede detenerse. El creía que era un deber de toda la Humanidad asumir su responsabilidad en defensa del ambiente.

Opinaba el Santo Padre que una de las causas más profundas de la crisis ecológica es la falta de respeto a la vida, como se aprecia en muchos comportamientos contaminantes. Las razones de la producción prevalecen a menudo sobre la dignidad del trabajador, y los intereses económicos se anteponen al bien de cada persona o incluso al de poblaciones enteras. En estos casos la contaminación o destrucción del ambiente son fruto de una visión reductiva y antinatural, que configura a veces un verdadero y propio desprecio del hombre. Asimismo los delicados equilibrios ecológicos son alterados por una destrucción incontrolada de las especies animales y vegetales o por una incauta explotación de los recursos; y todo estos aunque se haga en nombre del progreso y del bienestar, no redunda ciertamente en provecho de la humanidad.

Otra cosa que preocupaba a Juan Pablo II era la investigación biológica. Decía que tal vez no se habían calculado las alteraciones provocadas en la naturaleza por una indiscriminada manipulación genética y por el desarrollo irreflexivo de nuevas especies de plantas y formas de vida animal, por no hablar de inaceptables intervenciones sobre los orígenes de la misma especie humana.

El Orden del universo debe ser respetado. Su exploración y descubrimiento debe hacerse con prudencia y salvaguardando su integridad, pues la Tierra es una herencia común, cuyos frutos deben ser para beneficio de todos. Es injusto, decía, que pocos privilegiados sigan acumulando bienes superfluos, despilfarrando los recursos disponibles, cuando una gran multitud de personas vive en condiciones de miseria. La dimensión del desequilibrio ecológico alcanzado nos está enseñando que la avidez y el egoísmo, individual y colectivo, son contrarios al orden de la Creación, que implica también la mutua interdependencia.

Propuestas para enfrentar la Crisis ecológica

Juan pablo II consideraba que no se logrará un justo equilibrio ecológico si no se enfrentan las causas estructurales de la pobreza, porque en muchos países la pobreza rural y la distribución de la tierra han llevado a una agricultura de subsistencia y al empobrecimiento de las tierras. Cuando la tierra ya no produce, los campesinos se mudan a otras zonas, incrementando con frecuencia el proceso de deforestación incontrolada, o bien se establecen en centros urbanos con carencias de estructuras y servicios. En algunos países la fuerte deuda externa está destruyendo su patrimonio natural, ocasionando irremediables desequilibrios ecológicos, con tal de obtener nuevos productos de exportación.

Otra cosa que hay que enfrentar son las guerras. La ciencia moderna, por desgracia, tiene la capacidad de modificar el ambiente con fines hostiles, y esta manipulación podría tener a largo plazo efectos imprevisibles y más graves aún. Cualquier guerra causaría daños ecológicos incalculables, pues no solo destruyen la vida humana sino que dañan las tierras, destruyen cosechas, la vegetación, envenenan los terrenos y las aguas. Los supervivientes de las guerras se ven obligados a iniciar una nueva vida en condiciones naturales muy difíciles, lo cual crea a su vez situaciones de grave malestar social, con consecuencias negativas a nivel ambiental.

Pero el Papa consideraba que la sociedad actual no encontrará una solución al problema ecológico si no revisa seriamente su estilo de vida. Si falta el sentido del valor de la persona y de la vida humana, aumenta el desinterés por los demás y por la tierra, la autoridad, la templanza, la autodisciplina y del espíritu de sacrificio que deben conformar la vida de cada día, a fin de que la mayoría no tenga que sufrir las consecuencias negativas de la negligencia de unos pocos.

Dentro de las soluciones que planteaba el Papa era la gestión de los recursos de la tierra coordinando a nivel internacional, ya que las dimensiones de los problemas ambientales sobrepasan en muchos caos las fronteras de cada Estado. Creía que todavía existían obstáculos políticos, formas de nacionalismo exagerado e intereses económicos que frenan o impiden la cooperación internacional y la adopción de medidas eficaces a largo plazo .Sin embargo, corresponde a cada país dentro de su territorio la función de prevenir el deterioro de la atmósfera y de la biosfera, controlando los efectos de nuevos descubrimientos tecnológicos o científicos, y ofreciendo a los propios ciudadanos la garantía de no verse expuestos a agentes contaminantes o residuos tóxicos, manifestaba. El Papa consideraba que el “Derecho a un Ambiente seguro” debería incluirse en la Carta de Derechos del Hombre.

También nos decía que la crisis ecológica pone en evidencia la urgente necesidad moral de una nueva solidaridad entre los países pobre y los industrializados. Opinaba que los Estados debían mostrarse cada vez más solidarios y complementarios entre sí, para promover el desarrollo de un ambiente natural y social pacífico y saludable. No se puede pedir, opinaba, por ejemplo , a los países recientemente industrializados que apliquen a sus incipientes industrias ciertas normas ambientales restrictivas, si los Estados industrializados no se las aplican primero a sí mismos. Por su parte los países pobres no pueden moralmente repetir los errores cometidos por otros países en el pasado, deteriorando el ambiente, usando productos contaminantes, o deforestando excesivamente, entre otras cosas. En este mismo contexto opinaba que era urgente encontrar una solución al problema del tratamiento y eliminación de los residuos tóxicos. O sea, la solidaridad es esencial para la paz.

Otra propuesta de Juan Pablo II tenía que ver con la educación ambiental. Debe existir una responsabilidad ecológica con nosotros mismos y con el ambiente. La educación no puede basarse simplemente en el sentimiento, ni su fin debe ser ideológico o político, ni puede fundamentarse en el rechazo del mundo moderno o en el deseo de un “retorno al paraíso perdido”. La verdadera educación conlleva una conversión auténtica en la manera de pensar y en el comportamiento. Recordaba que la primera entidad educadora era la familia, donde el niño empieza a aprender a respetar al ser humano y a amar a la naturaleza.

Tampoco se debe olvidar el valor estético de La Creación. En consecuencia, una buena planificación urbana debe ser parte importante de la conservación; el respeto a las características morfológicas de la tierra es importante en los proyectos de desarrollo. No debe descuidarse la relación que hay entre una adecuada educación estética y la preservación de un ambiente sano, nos manifestaba.

Paz con Dios, paz con toda la creación

El Papa manifestaba que la cuestión ecológica era responsabilidad de todos. Asimismo que se necesitaba ponerle atención a lo que nos revela la tierra y la atmósfera, pues en el universo existe una orden que debe respetarse. La persona humana está dotada de la posibilidad de la libre elección, pero tiene una gran responsabilidad en la conservación de este orden, con miras al bienestar de las futuras generaciones. Terminaba diciendo que el compromiso del creyente por un ambiente sano nace directamente de su fe en Dios Creador, de la valoración de los efectos del pecado original y de los pecados personales, así como de la certeza de haber sido redimido por Cristo.

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