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El volcán que no era volcán 2005

Por.Alexander Bonilla D.

La explanada del potrero siempre me gustaba porque asemejaba un paisaje que no se encontraba en ningún otro lado. El piso era suave y húmedo, conformado por un musgo verde que como esponja absorbía el agua que llovía. El bosque de cipresillo cuando hacía viento se movía suavemente y las flores amarillas del hulex le daban una tonalidad semejante a la del mundo de las mariposas amarillas de macondo. <muchos se punzaron cuando quisieron tocar las mariposas amarillas. Las escalonias en forma de pagoda china nos transportaban a esos parajes orientales que acostumbramos a ver en ciertas pinturas.
Hondonadas que coleccionaban agua y pequeños cañones daban paso a la formación del río Mastate, que iniciaba en una pequeña laguneta alargada que se liberaba por un canal , que en realidad era el nacimiento del río. De ahí en adelante el caño se convertía en un cauce que se iba ahondando entre la montaña, entre robles, loritos, helechos y zacatales. La niebla en sus inicios lo cubría; pero una vez que el río entraba al bosque ya ese manto blanco no lo abrazaba.
Ese día muchos amigos y periodistas habían llegado a la explanada del antiguo cráter del volcán para iniciar la travesía y conocer como era que nacía un río. Hacía viento y frío y desde que caminamos hacia el propio nacimiento, ya nuestros zapatos y pantalones estaban empapados.
Empezamos a caminar sobre la orilla del río .El plan era llegar hasta el puente de la carretera nacional, que llegada hasta la entrada del parque nacional Volcán Poás.
Muy cerca del inicio ya el declive se hacía pronunciado y empezaban a formarse grandes zanjones, erosionados a través de los siglos por el poder del agua .
El grupo era como de 15 personas y aunque Calindo el guardaparques que conocía bien la zona iba abriendo campo y haciendo trillo, en ciertos momentos no faltaba quien se resbalara y se fuera de culo hasta parar al chocar contra alguna cepa de un roble o helecho gigante, tan abundantes e el sitio.Eliécer, otro experimentado guardaparque iba atrás, arriando a la gente, y cerrando la fila india de los expedicionarios..
Luego como de una hora de caminar hicimos una parada para explicarle a la gente sobre las bondades del bosque en cuanto a la captación de agua mediante el fenómeno de condensación foliar y como era que el agua se filtraba entre las ramas y troncos de los árboles para luego , lentamente , penetrar en las entrañas de la tierra y derramar en forma de nacientes más aguas que engrosarían las del río y surgirían kilómetros abajo en forma de acuíferos. En el silencio obligado solo se escuchaba el jadear de los que no estaban acostumbrados a estas caminatas, y aquellos que ahora todo les pesaba: las cámaras, la suéter, y hasta el lapicero. Y aunque el clima era frío, daba sed. Pronto se agotaron las reservas de agua...pero no había problema, ahí estaba el agua del río que era más pura que muchas que ellos tomaban en la ciudad.
Le dije que se callaran , que no chistaran, si querían ver una pareja de quetzales que estaba en lo alto de un tronco viejo, asomándose por la abertura del hueco que tenían como casa. Eso no se mira tan a menudo. Se maravillaron de la belleza de las aves. Por supuesto que los flaches de las cámaras y el alboroto que luego hicieron los asustaron.
Atrás dejamos un cruce de un pequeño riachuelo, que se perdía entre bambuzales.
Muy adelante, ya bajando hacia encontrarnos con la carretera Calindo dijo que si no les olía como a humo. Nadie dijo nada, tal era el cansancio que experimentaban. Solo querían salir, para que el microbús los recogiera y los llevara a la administración del parque y tomarse una buena taza de café o chocolate. Algunos traían las manos entumidas.
Estábamos explicando las características del helecho gigante y de cómo a principios del siglo la gente subía a píe y se hospedaban en un rústico hotel en el potrero grande, cuando se escuchó una enorme explosión.
De verdad creí que era una de las tantas erupciones del volcán, de las cuales Calindo ,Eliécer y yo , estábamos acostumbrados. Sin embargo, cuando miré la cara asutada de Calindo supe que no era una erupción del volcán. Eliécer me volvió a ver y le leí en sus ojos algo que a mi también me pasó por la mente. Una abertura nueva del volcán ¿?. Me entró un escalofrío interno y en el frío comencé a sudar.
Luego de unos instantes de incertidumbre, cautelosamente comentamos que no sabíamos que había sucedido. Calindo, que todavía estaba asustado, dijo que parecía una erupción de un nuevo cráter que pudiera haber abierto el volcán, que estaba siempre activo.Y comenzó a explicar que por ese sector en ocasiones el miraba humo, como si fuera alguna fumarola, y que hacía días quería comentármelo para que fuéramos a hacer un reconocimiento. Para qué lo dijo. Los periodistas comenzaron a hacer preguntas y exigían devolvernos a ver que fue esa explosión. Creían que tenían el reportaje de su vida. En especial los fotógrafos alistaron las cámaras. Querían ser testigos y tener la exclusiva del nacimiento de un nuevo cráter del Póas. Ya se imaginaban los titulares con las fotos a todo color... NACE UN NUEVO CRATER DEL VOLCAN POAS...SOBREVIVIENTES DE LA AVENTURA...
Una rivalidad se sucedía entre los periodistas y no podíamos contener el ímpetu por ir adelante. Les dijimos que tuvieran calma, que teníamos que ir con cuidado porque no podíamos prever lo que íbamos a encontrar. Les insistimos que los gases que podían emanar eran muy tóxicos e irritantes y que no podríamos acercarnos mucho al cráter recién formado o la fumarola. No importaba, ahora todos eran expertos en gases y mojaban el pañuelo por si lo fueran a necesitar.
Le pedí a Eliécer, no a Calindo que era un saco de nervios, que fuera adelante abriendo campo. Teníamos que subir como una hora y doblar hacia la derecha, por donde había sonado el bombazo. Entre mis adentros pensaba que el cauce de la quebrada que dejamos adelante nos serviría para adentrarnos hacia ese lado. La adrenalina nos cubría a todos. Cuando llegamos a la boca de la quebrada le indiqué a Eliécer que nos adentráramos por ahí. Entre resbalones y jadeos nos adentramos como media hora.
Nos empezaba a llegar un olor a humo. Pero mi nariz acostumbrada al olor a huevo podrido del volcán, no percibía esos olores. Tampoco Eliécer que me dijo que eso estaba raro.
No obstante, cuando le pregunté a Calindo que pensaba el, me dijo que ya se le había quitado el miedo, que lo dejara ir adelante, que no le tenía miedo a que fuera un nuevo volcán o fumarola. Así lo hicimos. Volví a ver a Eliécer y ambos reflejábamos extrañeza en ese cambio de actitud de nuestro querido guardaparques.
Eso sí,Calindo era una bestia volando cuchillo y abriendose campo entre el monte.
Conforme avanzábamos mas humo y un olor medio meloso, extraño para mí, nos llegaba.
De pronto escuchamos un estruendo, como cuando una se topa con una manada de saínos. Parecía que alguien corría entre la montaña.
El riachuelo sobre el que caminábamos estaba todo sucio, ahora su agua no era tan cristalina. Pero en un pequeño hueco, había un poco de agua. Tanta sed llevaba que le dije a Eliécer que parara para darme una tomadita....Pero... al meter mi mano y llevarme el sorbo a la boca, sentí algo ardiente. Algo me supo como a alcohol. Le dí a probar a Eliécer y le dije que le pegara un grito a Calindo para ver que estaba sucediendo.
Los periodistas venían corriendo al ver que ya habíamos llegado al lugar de los hechos. Listos, cámaras, acción. Aquello fue un despelote. Todos querían tener la primicia. El nacimiento de un volcancito, el surgimiento de una nueva fumarola en las montañas del Poás.
Cuando se apareció Calindo, venía con esa sonrisa de malicia que tanto le conocíamos.
Ya encontré el volcán, ya descubrí la nueva fumarola. Venga para que vean.
Y llegamos....
La explosión había abierto un boquete entre la montaña y chamuscado la vegetación. Por uno y otro lado se encontraban escombros, latas de zinc, de estañones,pedazos de madera.
Habíamos descubierto la “saca” de guaro más grande de la zona, una que nos habían dicho los de la policía que andaban buscando. Lo que había explotado era un poco de gasolina que tenían los contrabandistas, y unas candelas de dinamita que guardaban por ahí, vaya usted a saber con qué fines. No quedó nada. Todo quedó destruido.
Las personas que estaban en la fabrica al percatarse del incendio al caer un culito de candela que tenían prendido, optaron por salir corriendo, despavoridos. Cuando Calindo, que ya sabía, por el olor , lo que era, y no nos quiso decir nada, llegó a la saca destruida, los 3 tipos que la trabajaban habían regresado a ver que se había salvado. Se toparon con el guardaparque y la picaron. Calindo los siguió y cree saber quienes eran. Ellos tenían un trillo y una entrada por los potreros de la finca de los Murillo. O sea, que aunque pareciera que anduviéramos por las entrañas de las montañas frías del volcán, la verdad es que estábamos a la orilla de la finca lechera, y de sus potreros.
Los periodistas no tuvieron su volcán o fumarola. Pero tuvieron la primicia de la destrucción de la más famosa saca de guaro de contrabando de la zona .
Todos nos echamos a reír. Calindo les dio explicaciones y detalles del manejo de una fábrica de chirrite, pues el fue un fabricante de guaro contrabando, o acaso lo era todavía y avisó a sus amigos para que nos fueran sorprendidos por los periodistas ¿?.
Mas cansados de la cuenta y casi como a las dos de la tarde regresamos a la administración del parque.
Todos aprendieron de la forma en que nace un río y de cómo se puede destruir una saca de guaro.

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