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Vivencias en mi cabaña y las cavernas de Nicoya 2003

Por: Alexander Bonilla Durán

En mi cabaña
Empieza a soplar un fuerte viento que hace que las hojas de los árboles se desprendan, y juguetonamente, bamboleándose armoniosamente, caen como en cámara lenta al suelo. El viento está cargado de humedad. No está asumiendo que vienen la lluvia, que un fuerte chaparrón está por caer.


Se silencian los montes callan, los pájaros, se alegran los sapos y ranas. A la distancia se escucha un sonido característico. Es el agua que viene. A correr se ha dicho!, porque la velocidad que trae no nos permitirá llegar a la cabaña. Conforme se acerca, el viento se vuelve más fuerte y frío. Los árboles se doblan y las ramas chocan unas con otras como si aplaudieran la llegada de la lluvia.


Tremendo chaparrón. Ya estoy en la cabaña. Se hace tarde. Con el aguacero oscurece más temprano. Me quito la ropa mojada. Me seco. Pongo el foco cerca de la cama y prendo la lámpara de canfín. Me recuesto en la cama y continúo leyendo el libro sobre la vida de las hormigas.


¡Qué paz, qué tranquilidad! No hay cosa más reconfortante, más calmante, que oír las gotas de lluvia caer sobre el techo de una casa sin cielorraso. Qué rico oir llover. Tap, tap, tap. Quiso escampar; pero luego fue tap, tap, tap. De nuevo el techo y la lluvia se confabulaban para arrullarme y hacerme dormir. Desperté en la madrugada. La lluvia había cesado. Por los huecos del zinc miré la claridad que ahora tenía el firmamento . Me asomé y era luna llena. Qué más podía pedir? Y para cerrar con broche de oro, encendí la radio y encontré el amanecer oyendo la música ranchera.

El lugar ideal para estos días de fin de año, para encuerarse y estar en armonía con la naturaleza. Venga, lo invitamos.


Entrada a la Caverna Nicoa
En dos oportunidades he penetrado cuevas o cavernas. La primera de ellas en la Caverna Nicoa en el Parque Nacional Barra Honda. Recuerdo que andaba con unos fotógrafos profesionales, tomando fotos para ilustrar el libro de Parques Nacionales publicado en 1978. Dormimos arriba en una cabaña medio destartalada. Era verano y el sol se hacía pesado. Antes de llegar a la boca de la caverna (con costo se ve) dos sucesos me ocurrieron.


El primero fue que cuando íbamos por un trillo uno de los fotógrafos españoles pegó con un avispero de “quita calzón”. Tremenda carrera tuvimos que pegar. Siempre nos trabaron las avispas. Jadeantes y coloridos seguimos la ruta; íbamos despacio, pues a cada rato había que parar para sacar fotos. Esta gente profesional tiene todo un ritual. Se analiza la luz, se miran los ángulos, las sombras y otras cosas. Y yo que creía que tantas fotos de la naturaleza era nada más apuntar y disparar ¡Qué va!.


Al subir un apequeña colina, llena de maleza y piedra, e ir a poner la mano para apoyarme, me encontré de frente con una cascabel. No se porqué no me mordió. Ambos nos quedamos mirando y lentamente nos retiramos. Quedé blanco como un papel y muerto del miedo. El sudor de por sí ya copioso, se hizo más intenso y frío. Ahora tengo más cuidado donde piso y pongo la mano, principalmente en zonas secas de Guanacaste.


Así llegamos a la boca pequeño agujero de entrada a la caverna Nicoa.

Una oculta maravilla de la naturaleza


Después de la carrera por las avispas “quita calzón” y del encuentro con la cascabel, estábamos ahora alistando mecates y escaleras para bajar a las profundidades y oscuridades de la Caverna Nicoa. Yo nunca lo había hecho. Y les confieso que me da miedo el estar encerrado (claustrofobia) y la oscuridad. Una escalera metálica y unas cuerdas fueron lanzadas al vacío. Empezamos a descender. Por la falta de experiencia uno daba vueltas como un trompo y pegaba manos y rodilla en los picos de las rocas, hasta hacerlos sangrar. El casco con luz había que sostenerlo porque estaba a punto de llegar primero que nosotros abajo. El olor a excrementos de murciélago se hacía más fuerte. Ya la luz del orificio de entrada apenas se observaba. Por ahí están unos restos humanos, en una especie de corte en la caída libre. De quiénes son. Nadie sabe; pero están allí hace cientos de años. Los murciélagos volaban por todo lado y pasaban sobre nuestros cuerpos, como queriéndonos llevar que éramos intrusos en su morada milenaria. Por fin llegamos hasta el fondo (60 – 70 metros, algo así). Se les ocurrió que apagáramos las luces. Qué miedo; que frío. Mi cuerpo temblaba. Si alguien nos quitaba las cuerdas o las escaleras ahí moriríamos, pues no había otra forma de salir; y gritar? Quién nos oiría? Pero ¡qué belleza! Cuando prendimos todas las luces y los fotógrafos encendieron su equipo especial, nos encontramos ante un paisaje formidable.
Formaciones de estalactitas y estalagmitas que sudaban y destilaban pequeñas gotas de humedad. Indescriptible esta maravilla de la naturaleza. Ahí quedaron plasmadas en las fotos del libro de Parques Nacionales.

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