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Vivencias en el Chirripó y el volcán Poás 2002

Por: Alexander Bonilla Durán

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Una aventura con las alturas


El Chirripó en la altura máxima de Costa Rica. Imponente y silencioso se yergue a 3820 metros de altitud. Un poco o menos altura está el pico conocido como los crestones, que se divisa grandioso desde el Valle de los Conejos. Les contaré mi experiencia con los crestones.


El Macizo del Chirripó hace 135 – 150 millones de años estuvo cubierto por el mar. También sus lagunas, llamadas morrena, son evidencia de la acción de los glaciares.


Este fenómeno glaciar se ubica a los 3400 metros y ocurrió hace como 25000 años. La principal característica, aparte de esas lagunas, son la conformación de Valle en forma de U, evidencia del lento paso de los pesados glaciares.


Claro que en el Chirripó hace frío. Ahí se han registrado las temperaturas más bajas de Costa Rica. En 1971 se registraron 9 ºC (en Febrero), que provocó la formación de pedazos de hielo en los charcos y orillas de riachuelos, y hasta acumulación de nieve al pie de una cepa de chasquea, fuente típica de las alturas (reportado esto para Febrero de 1967). Yo no soy alpinista. Más bién le tengo miedo a las alturas. Pero estando al pie de los crestones seguro me sentí con valor y quise desafiar a la naturaleza y no lo logré. Al cuarto, cuando me di cuenta estaba en la cama del crestón. Precioso, increíble estar ahí, sin más ayuda que mis manos y piernas.


Cuando volví a la realidad observé el precipicio a un lado y otro. Si me caía, no quedaba ni el cuento. Apenas me podía poner en pie. Pedí a mis amigos que estaban abajo que me tomaran una foto para el recuerdo.


Lo serio del cuento es que luego me entró un miedo, un pánico terrible. Temblaba, sudaba. Y no me podía bajar. Ahí diré como media hora sentado, pensando en la estupidez que había hecho. Al cabo del rato cerré los ojos y me tiré arrastrando el trasero hasta cubrir ese trecho de la muerte que me llevó a la cima del crestón.


No se porqué, pero si regreso quizás lo vuelva a intentar.


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La llave mágica


El secreto del crestón del Chirripó consistía en mantener bajo su custodia la llave que abría mágicamente una puerta, por la cual se podía penetrar para quedarse por siempre en el corazón de una persona amada.


Quise que llegara la noche para poder bajar las estrellas y forjar la corona. Pero era de día. Mi mente trajo la oscuridad, para que mis ojos pudieran ver las estrellas. Dios sabe que lo intenté. Lo volvería a hacer. Quería esa llave. Pero la montaña se reía, reía, reía. Yo era un tonto más que caía en sus garras.


Me permitió llegar – claro - , la palpé, la sentí pero nunca penetré en ella, como para ser merecedor de la llave. Ello lo sabía. Solo se podía conseguir ese premio si por voluntad propia abriría sus entrañas. Había que buscar la corona de estrellas de una noche oscura.


Cuando pude bajar de la montaña estaba exhausto, sentía que algo se me estaba escapando de mi vida. Al mirar hacia atrás la vi sonreír de nuevo, para fundirse en un abrazo con el viento, su amado, que en las noches oscuras le imponía en silencio la corona de estrellas. El la miraba y le acariciaba todos los días. Era difícil competir con ese rival.


Pero… a pesar del miedo y pánico que experimenté estoy seguro que algún día intentaré volver a subir a esa montaña de los crestones allá en el Chirripó.

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Un misterioso secreto


Una vez quise subir a una montaña que era fría, solitaria y también peligrosa. Pensaba que si llegaba a su cima podría tomar el mundo con mis manos sentirme el hombre más importante, porque con mi propio esfuerzo dominaría una mole de piedra e historia que había surgido entre las aguas de la eternidad. Al cabo de tres intentos alcancé su soledad, hora de su intimidad. Creí haberle conquistado. Pero no fue así. Empecé a sentir un miedo terrible, pánico, escalofríos, temblaba y sudaba frío. Era como si ello deseara que me quedara ahí para recorrer a su lado el sendero sin fin.


Me tenía atado. A un lado y al otro me esperaban las profundidades, las tinieblas, un descuido y… podría llegar más pronto a la otra ribera.


Conversé con ella. Le supliqué que me dijera lo que deseaba de mí. Quería jugar conmigo, al igual que lo hizo con otros que la profanaron. No quería que descubrieran su secreto, el cual solo lo entregaría a la persona que le obsequiara una corona de estrellas de una noche oscura.


Así sentí y viví la experiencia de subir solo a los crestones, allá en el Chirripó. Mañana les contaré el secreto de la montaña y cómo me liberé de ella.

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Una fría caminata


Ese día a los 2500 metros el sol era radiante. El viento era frío y quemaba la cara. El verde me rodeaba; el aire era tan puro que llenaba mis pulmones casi a reventar. Revitalizaba mi cuerpo; lo limpiaba del aire contaminado de la ciudad.

Hoy quiero caminar por la montaña, pero solo. Me introduje entre el robledal. El piso estaba húmedo y una alfombra de hojas secas adornaba mi paso por el bosque. Los troncos estaban fríos; en los que había musgo el agua era captada de la neblina. Busqué un sitio donde sentarme a escuchar el silencio de la montaña. Oí el susurro del viento entre los árboles. Allá logré escuchar el aleteo de un colibrí. Un conejo de monte corría asustado. Logré ver un puercoespín escarbando entre las hojas. Y aunque no lo creía allá en un árbol seco observé una pareja de quetzales copulando. Caminé un poco más y llegué al borde los guindos del Volcán Poás, en esos canjilones, que van hacia los Bajos del Toro.


Ahí me senté a observar al coloso. Escuché el diálogo que mantenía con los arrayanes. Vi a la piedra muda sudar con los calores que salían de las entrañas de la tierra. Miré extasiado a la Virgen del Poás.


Me recosté y creo que me quedé dormido como una hora. Qué me despertó? Alguien me sacudía el brazo; me acompaña en estas giras. El cree que yo no lo sabía pero confiaba porque él iba detrás de mí. Así era mi vida en el Poás.


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Frío amanecer

Amaneció haciendo un frío tremendo, como figuras fantasmagóricas la neblina se mezcla entre los robles y las escalonias.. El viento apenas sopla para correr intermitentemente los velos y permitir sentir los rayos del astro rey.


Al salir de la cabaña esa mañana de un día de Marzo me acompañó por el sendero un yiguirro de montaña. El colibrí brincaba de las melastomaceas a las lengua de vaca y posaba en el aire para que yo lo observara.


El escarche cubría el zacate. Tomé en mis manos grandes pedazos de hielo. El paisaje era un contraste de plata con el verde, adornado con las nubes que bajaban hasta los árboles.


A las siete de la mañana era imposible bañarse. Para lavarme la cara me mojaba las puntas de los dedos y los pasaba por los ojos. El pantalón y la camisa estaban en el frío y la humedad de la madrugada, al igual las medias.


Con las manos metidas entre la bolsa, el cuerpo encorbado por el frío, el cuello sumbido y un gorro hasta las orejas, llegué al comedor. Me meto a la cocina y con el fuego encendido mis manos toman calor y vuelven a la vida. Subo las piernas y ante los gritos de la leña, al quemarse, acerco al fuego mis pies; primero uno, luego el otro. Qué me queda por calentar? Ah, el trasero. Me volteo y lo acerco al horno de la cocina de leña. Qué sabrosura! Qué placer! Ay, una chispa me quemó el … .

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