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Relatos de mis días de explorador

Por.Alexander Bonilla D.

Caminando y durmiendo en el Poás


Ese día a los 2500 metros de altitud el sol era radiante y quemante. El viento era frío y ardía en la cara. El verde me rodeaba; el aire era tan puro que llenaba mis pulmones casi a reventar. Revitalizaba mi cuerpo; lo limpiaba del aire contaminado de la ciudad.
Quería caminar por la montaña , pero solo. Me introduje entre el robledal. El piso estaba húmedo y una alfombra de hojas secas adornaba mi paso por el bosque. Los troncos estaban frío y jugosos; el agua se captaba de la neblina por eso que llaman condensación foliar.
Busqué un sitio donde sentarme a escuchar el silencio de la montaña. Oí el susurro del viento entre los árboles, cual lenguaje salvaje por descubrir. Un colibrí verde con su aleteo llamó mi atención; me brindó una exhibición de movimientos suspendidos de flor en flor. Le aplaudí y me la agradeció. Un conejo de monte corría asustado. También observé con su caminar cansino al amigo puercoespín escarbando entre la hojarasca. Pero la verdadera maravilla fue ver a una pareja de quetzales copulando en un árbol seco. Caminé luego un poco más hasta llegar a los guindos del Volcán Poás, esos canjilones sin fin que drenan hacia los Bajos del Toro.
Ahí me senté a observar en silencio al coloso, mi amigo de siempre. Lo escuché hablar con los arrayanes y con las fumarolas sulfurosas. Miré la piedra muda sudar con los calores que brotaban de las entrañas de la tierra. Miré extasiado a la Virgen del Poás , me arrodillé y dije una oración.
Me recosté y creo que me quedé dormido no se por cuanto tiempo. Pero debió haber sido un buen rato. Me despertó el duendecillo Estanislao que siempre me acompañaba en estas giras espirituales. Ya hacía frío. Regresé a mi cabaña.

Una mañana en el Volcán Poás

Amaneció haciendo un frío tremendo y escarchaba. Como figuras fantasmagóricas la neblina se mezcla entre los robles y escalonias. El viento sopla suavemente , apenas para correr intermitentemente los velos para dar paso a los rayos del astro rey.
Al salir de la cabaña esa mañana de un día de marzo, me acompaño por el sendero un yiguirro de montaña. El colibrí saltaba de las melastomaceas a las lengua de vaca haciendo su trabajo polinizador.
Pedazos de hielo en forma de láminas todavía se mantenían debajo de los arbustos desangrándose poco a poco , conforme avanzaba el día. Un contraste maravilloso se formaba, el color plata con el verde, adornado con las florecillas lilas que pululaban por ahí y las amarillas del hulex, todas abrazadas por las nubes que bajaban casi hasta el suelo.
A las 7 de la mañana era imposible bañarse. Para lavarse la cara me mojaba las puntas de los dedos y me los pasaba por los ojos. El pantalón , la camisa , y las medias estaban con el frío en los hilos; todavía mantenían atrapada la humedad de la madrugada.
Con las manos metidas entre las bolsas , el cuerpo encorvado por el frío, el cuello subido hasta las orejas, el pelo tieso, y la cara helada, llegó hasta el comedor. Me meto a la cocina que tiene el fuego encendido en la cocina de leña. Pongo mis manos cerca de las llamas, las cuales empiezan a calentarse Vuelven a la vida. Subo las piernas y ante los gritos de la leña al quemarse acerco mis pies al fuego, primero uno, luego el otro. ¿Qué me queda por calentar ?. ¡Ah, el trasero!. Me volteo y lo acerco al horno de la cocina. ¡Qué sabrosura! ¡Qué placer! Ay, Ay... un chispa me quemó el ...
Así era una mañana en mis días en el Volcán Poás. ¡Inolvidables!Así era mi vida en el Poás.

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