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Un viaje por la montaña
Por.Alexander Bonilla D.

Me monté en mi yegua La Serrana. Mi hermano Rigo en el poni. Se dio una tenue lluvia cuando transitábamos por la parte de potrero. Así empezamos a internarnos en la montaña de la finca a investigar si era cierto que alguien estaba sacando madera “choriceada” de contrabando, por fincas aledañas. Tenía días de no enmontañarme. De verdad que aunque cansado , fue algo refrescante, para olvidar el estrés y el bullicio de la ciudad.
A los caballos que montábamos se les unieron sus bebés potrillos. Ahí andaban, un rato adelante,otro atrás.Ya uno mamaba de su mamá, ya el otro jugaba con los jinetes cuando se estrechaba el trillo: se rascaba la cabeza en la montura o me mordisqueaba la pierna. El camino se cerró.Hubo mi hermano de bajarse a volar machete para que pudiera pasar la carabana de equinos. En estas lides hay que tener mucho cuidado con tres cosas: con las culebras, con las ortigas, y con las espinas de rangayo que se le clavan a uno hasta adentro y lo dejan sangrando y adolorido. A las culebras esta vez no las ví, aunque ya me han matado dos caballos con su veneno. La ortiga sí me ortigó un brazo; y una espina de rangayo se me clavó en una pierna. La humedad nos hacía sudar a cántaros. Ahí íbamos lentamente avanzando ya dentro de la selva tropical. Una lluvia de mosquitos y tábanos hacían fiesta con nosotros,máxime cuando había que parar para abrir trillo para toda la tropa. Los monos congos aullaban y aunque era temprano, la selva se oscureció.Seguimos adelanter burlando bejucos ,soampos y las enormes gambas de los gigantes del bosque. La sed comenzó a afectarnos.
Los caballos ya no podían continuar el viaje con nosotros. Estaba tan cerrado un charral de pastizales que no hubo manera de hacerlos avanzar. Se sublevaron y se pararon de manos. Nos bajamos; los dejamos amarrados en un parqueo que les acondicionamos y comenzamos a batirnos solos contra la selva esmeralda. Se vino un tremendo chaparrón; un fuerte viento agitó las copas de os árboles y comenzaron a caer hojas.Lindo espectáculo.Aún así apenas sentimos la lluvia, pues teníamos el paraguas de los ceibos gigantes. Era la una de la tarde y la selva se tornó oscura, como si fueran las 5 de la tarde. Me entró una inquietud y un leve temor, y no se porqué. Sudábamos a montones y avanzábamos muy lentamente. El machete era nuestro principal aliado para abrirnos campo dentro de la jungla. Dentro del silencio, la algarabía de los monos nos recordaba que éramos unos extraños en esos parajes inhóspitos. Yo ya no aguantaba la sed. Le dije a mi hermano que hiciéramos un alto y pidiéramos en la pulpería de la montaña un vaso de aguas. Así lo hicimos. Ahí estaban llenos de agua pura,refrescante y medicinal, los bejucos de agua. Esos rangayos enormes, mejor conocidos como uña de gato(la original). Un machetazo aquí y el otro corte más arriba, lo para sobre su boca, y ahí tiene un chorro de agua fresca como si fuera de un manantial. Con un bejuco como de un metro me harté de agua. Todavía quedaba.
Seguimos por la montaña observando grandes palencones y mirando si había alguna señal de tala de contrabando, que efectúan sierreros experimentados. Una forma de tumbar las selvas que aún nos quedan.. Llegamos hasta el soampo, y como se hacía tarde nos regresamos.
En la montaña es muy fácil perderse.Por eso hay que dejar marcas si no se conoce y si no se sabe orientar en ella.En un momento usted se puede estraviar.Todo se parece ; lo que hace uno es caminar en círculo.De pronto uno se percata o tiene la sensación de que ya había pasado por aquí. Incluso, ya uno perdido con sed(si no conoce el monte y no descubre a los bejucos de agua) le entra la desesperación. Aveces hasta siente uno que alguien lo sigue o lo están observando. Y cuando uno ha visto huellas del tigre, de dantas o de otros animales grandes, le entre un miedillo que le sube de la panza a la garganta.
Por eso cuando usted se interna en la montaña nunca lo debe hacer solo.No vaya sin un machete; y si no la conoce o nunca la ha caminado, mejor no lo haga. Busque un buen vaqueano.Además , aunque conozca el monte, siempre deje señales.Corte la vegetación: ramas ,charrales,marque los árboles. Así al regreso ud., puede seguir el sendero y no tener complicaciones. La montaña que protegemos en la finca creo que la conozco bien, por eso me la juego a meterme en ella.Pero eso sí, siempre acompañado y dejando marcas( dos semanas después regresé al mismo sitio y no pude encontrar las marcas anteriores, se las tragó el dueño de monte)..
Regresamos al parqueo de caballos.Por donde estramos salimos.Sudorosos,embarrialados,picados de mosquitos,hortigados y espinados. Pero felíz de haber convivido con la montaña, mi amiga, por un rato.La odisea duró como 5 horas.Cansado, pero limpio de espíritu y de los pulmones.Desestrezado.
En fila india veníamos todos por el trillo. Por allá divisamos una papaya de montaña.La bajamos y la comimos.Sabía media amarga. Allá encontramos varias guanábanas.Mi hermano se subió pero el caballo se le espantó para el corral.Tuvo que caminar el último trecho bajo la mirada tímida de la burra tuerta que está pronta a parir(ojalá nazca un burro.Después les cuento porqué).
Llegamos al corral y a la casa.Teníamos hambre y sed. Pero qué les parece.¡ Ahí en media montaña, donde el “diablo dejó la chaqueta”, apareció un vendedor de copos en bicicleta .Increible. Por supuesto nos mandamos un granizado. Luego... de nuevo a la ciudad. Los invito a mi próximo periplo.

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